Emociones

Soy una montaña rusa. Siempre lo he sido, aunque durante buena parte de mi vida aparentaba ser un cochecito de pedales. Me habían enseñado que mostrar tu ira no estaba bien (hacías daño a los demás). Que ponerte contenta tampoco (no era de buen gusto). Que la tristeza hay que descartarla al instante (total, ¿para qué ponerse triste?). Que el miedo se supera esquivándolo (no te metas ahí, no salgas sola de noche…). Que hay que tirar para adelante con la razón y el sentido común, nada de vaivenes, todo controlado por las buenas maneras y el estado de bienestar.

Pero yo, por dentro, era una montaña rusa. Unos días estaba cabreada. Otros, extrañamente eufórica. Después me daba de bruces con la realidad y me ponía triste. Me venía la regla y estaba irascible. E incluso en el mismo día mis estados de ánimo variaban de la rabia a la excitación en el transcurso de minutos. Y creía que era la única a la que le pasaba eso y que las cosas no debían ser así, que seguro que había algo estropeado en mi interior. Que tenía que encontrar un equilibrio (¿dónde buscar ese maldito equilibrio?) para encajar en el mundo. En lo que el mundo quería de mí.

En mi búsqueda de ese equilibrio me topé con la escritura, la meditación y la terapia, y entre las tres me han enseñado otro modo de tratar con las emociones. Ya no las veo como mis enemigas en la trinchera de enfrente, sino como una fuente de energía renovable. Se dice que las emociones tienen una duración máxima estimada de tres minutos… siempre que no nos aferremos a ellas. Lo normal es que nos enganchemos, claro, porque a pesar de que nos han enseñado a huir de ellas, la realidad es que internamente les tenemos un apego extremo.

Y es que las emociones siempre están ahí, forman parte del mecanismo del ser humano para relacionarse con el mundo. Simplemente, a veces no las queremos ver (sobre todo a las que nos resultan desagradables). Y entonces es cuando se transforman en monstruos que pueden aparecer tras cualquier esquina y convertirnos en sus esclavos.

Más vale, por tanto, hacerse conscientes de ellas y usarlas a tu favor. Si las miramos con curiosidad en lugar de escaparnos corriendo, veremos que las emociones tienen atmósferas muy variadas: la ira es claustrofóbica e irritante, la tristeza expansiva y empática, la alegría chispeante y traviesa… Cada una viene con su propia climatología incorporada, con su filtro de un color determinado a través del cual observamos la realidad cuando estamos bajo su influjo. También tienen sus asociaciones, que suelen ser distintas para cada persona. En mi caso, la alegría suele venir de la mano de la culpa; la tristeza aparece con la decepción; la ira con el desasosiego. Y así. Es muy interesante, y si les dejamos espacio para que se expandan y se expresen, normalmente nos dejan de regalo mucha información sobre nuestros procesos mentales. Y cambian. Todo el rato cambian, aunque cada vez nos parezca que se van a quedar ahí para siempre.

Sigo siendo una montaña rusa, y a veces me desespero. No me gusta sufrir ni sentir culpa. Lo paso mal si estoy triste y me da rabia no poder disfrutar sin sentirme culpable por ello. Pero ya no me siento un bicho raro por sentir lo que siento, sino llena de vida, y a ratos como si estuviera en el parque de atracciones, a mis años… La creatividad y la escritura son un magnífico modo de encauzar mi río emocional. La meditación me ayuda a relacionarme con lo que haya (me guste o no me guste) desde una actitud más pacífica y ecuánime. Las técnicas que he aprendido en los cursos que he hecho de psicología contemplativa me han puesto en contacto con la cordura inherente que subyace al oleaje emocional. Y me encanta montarme en la montaña rusa de otras personas para acompañarlas en su viaje.

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