Escritura

Una pareja de amigos tienen una burra que se llama Corina. Está metida en un espacio reducido rodeado por una valla. Me contaron que al principio la tenían suelta, pero les destrozaba las plantas del jardín y hasta se comió buena parte del sauce llorón, así que desde hace tiempo la tienen ahí encerrada. Al caer la tarde, Corina se agobia porque quiere salir, así que rebuzna, cabecea, cocea y da vueltas pegada a la valla. El día que estuve yo allí le abrieron la puerta, para que saliera un rato. Se acercó a la puerta y ¿sabéis que hizo? La cerró con el hocico de un golpe. Luego la abrió un poco. Y la volvió a cerrar. ¡Pumba! Y así se quedó, abriendo y cerrando la puerta con rabia y sin atreverse a salir.

Entiendo perfectamente a la burra Corina. Soy esclava de mis configuraciones mentales y de las normas que me impone la sociedad, de las que quiero escapar. Pero cuando me señalan la puerta que lleva a la libertad… me dedico a abrirla y cerrarla sin atreverme a salir.

Menos mal que los seres humanos disponemos de algunas herramientas para salir de esa situación (Corina no tiene esa suerte). En mi caso la escritura y la meditación han sido esenciales.

La escritura, para aquellos de nosotros que sentimos cierta inclinación hacia las palabras y el lenguaje, es la puerta artística que lleva a la libertad. Traspasarla parece fácil —dado nuestro ansia de libertad—, pero no lo es —dado nuestro miedo al espacio abierto—, así que necesitamos un cauce o pasillo que nos dé seguridad y confianza. La técnica, que viene a sustituir, en el terreno creativo, a las rígidas normas que nos condicionan en la vida cotidiana, nos da una apariencia de seguridad y control; es el pasillo que nos sacará del recinto y nos llevará, finalmente, a campo abierto.

Personalmente, la escritura se ha convertido en mi medio natural. Atravieso el día a día como un pez fuera del agua que llevase escafandra para poder sobrevivir en el medio gaseoso, y solo cuando me lanzo a escribir puedo moverme con desnudez en todos los sentidos. Cuando narro historias se supone que me disfrazo en la forma de múltiples personajes que no son yo y cuento cosas que nunca ocurrieron. Sin embargo, creo que lo que hago es justo lo contrario: me desnudo —a través de mi natural multiplicidad— del disfraz del «yo» (siempre demasiado estrecho o demasiado ancho) que llevo en mi vida cotidiana.

Pero me acuerdo bien de cuando creía que vivir con escafandra era lo normal y lo correcto, lo único que había. No solo eso, sino que aplicaba las mismas normas rígidas de mi vida a la escritura y la forzaba a convertirse en algo que aparentase perfección, como quien saca a pasear a su hijo muy peripuesto un domingo después de la iglesia.

En nuestra sociedad tenemos asociada la escritura (como casi todo) a pensar más que a sentir o experimentar, quizá porque nos han cercenado desde pequeños las emociones en aras de la racionalidad, esa enorme escafandra que portamos también en grupo. A la vez, cualquier persona que se acerca a la escritura tiene una necesidad palpitante de expresar sus sentimientos, de ser ella misma, de vivir sin vergüenza ni ocultamientos y de conectar así con los demás de una forma auténtica. Pero al principio queremos hacerlo por imitación, aplicando con muchísimo esfuerzo nuestra mente analítica y fabricando los textos a imagen y semejanza de los de los maestros, en vez de dejarlos correr. A veces incluso nos creemos que estamos nadando, cuando no hacemos más que abrir y cerrar la puerta compulsivamente, como la burra Corina.

Escribir de verdad es quedarte en pelotas, pero hace falta tiempo y técnica para superar el miedo al ridículo. No se trata, entonces, de aprender a escribir «bien» (eso sería ponerte más trajes encima), sino de atreverte a recorrer el camino que lleva a la libertad. Para ello hay que estar dispuesto a abandonar la vía de la frustración —es decir, dejar de abrir y cerrar la puerta con el hocico—, aprender la técnica —para después olvidarla—, ampliar la visión del mundo —fuera escafandra— y asumir lo que sientes momento a momento, lanzándote al río —y después al mar— de las emociones.

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