Meditación

Chögyam Trungpa Rinpoché, un gran maestro de meditación, dijo: «La meditación no es tratar de escaparse de la vida, no es tratar de encontrar un estado mental utópico, no es gimnasia mental. Meditar es solo tratar de ver lo que es, y no hay nada misterioso en ello».

Con gran sencillez, Trungpa señala justo las tendencias a las que hemos de enfrentarnos al acercamos a esta disciplina para que se nos abra una vía auténtica de aprendizaje. Si queremos meditar es normalmente porque no queremos sufrir, y creemos que con una tabla de ejercicios gimnásticos vamos a entrenar a nuestra mente para que nos mantega en un estado calmo de eterno bienestar, lo más alejados posible del sufrimiento.

Mi maestra, lama Tashi Lhamo, dice que al principio uno cree que su mente es como un perro al que enseñas a recoger un palo. Le tiras el palo, y quieres que lo traiga a tus pies. Pero resulta que tu mente no es un perro. Es un león. Y no hace ni caso del palo que le has tirado: viene directamente a por ti.

Cuando hace más de quince años me acerqué a la meditación, creía que sería como hacer una carrera universitaria: se trataba de adquirir una serie de conocimientos y herramientas de crecimiento personal. Ya había hecho un importante trabajo terapéutico, lidiando con mis emociones, y con la escritura lograba expresar lo que llevaba en mi interior, así que solo se trataba de completar mi aprendizaje vital para dejar de sufrir de una vez por todas. Lo que no sabía era que todo lo que yo pensaba sobre la vida se me iba a empezar a desmontar como una casita de palillos en medio de la tormenta. El camino del meditador no funciona por acumulación, sino por derrumbe. Si creemos que nos evitará el sufrimiento, no podemos ir más descaminados: lo que hará es ir familiarizándonos con él hasta tal punto que no habrá separación.

De hecho, la palabra «meditación» en tibetano (gom) significa «familiarizarse». Es algo en realidad muy normal, nada extraordinario. Se trata de familiarizarnos con el león de nuestra mente pero, sobre todo, con los velos que la cubren. Como nuestras tendencias egocéntricas (de yo contra o a favor de lo otro) son muy fuertes, hay que hacerlo muy poco a poco, con cuidado de no autoengañarse. Y con suma atención. Por eso la técnica de la que parte la meditación es el shamata (en sánscrito) o shiné (en tibetano). O, como se ha venido a llamar en los últimos tiempos, el mindfulness o la atención plena. El cultivo pacífico de la atención en un soporte (la respiración, el tacto, el sonido…) es lo que nos permite en un principio descubrir cómo funciona nuestra mente e ir estabilizándola. Esto, combinado con el cultivo del amor y la compasión, necesarios para que nos abramos con confianza ante nuestros descubrimientos (que al principio no nos van a gustar nada), va propiciando que las cualidades naturales de la mente (apertura, claridad y no obstrucción) se vayan desplegando. No es algo que haya que buscar en otra parte, sino solo ir despejando los velos que lo cubren.

Así, poco a poco, uno va descubriendo que el sufrimiento proviene de un punto de vista erróneo que proyectamos sobre la realidad. Nuestras tendencias habituales son muy arraigadas, y no se trata de eliminarlas, sino de ir abriendo nuestro campo de visión y de experiencia, de modo que veamos nuestras propias distorsiones sin que nos condicionen o paralicen.

En realidad no es complicado, pero como nuestro hábito es siempre el de buscar las cosas en otro lugar, el de dividir la experiencia en observador y observado, el de separar cuerpo y mente y el de diferenciar entre dentro y fuera, necesitamos un método fiable, y también una persona que nos guíe. Nadie puede recorrer el camino por nosotros, pero sí necesitamos un espejo externo para no dejarnos engañar por los trucos de ilusionista de nuestra propia mente. Alguien que, a ser posible, haya recorrido un trecho más del camino que nosotros y que para ello se haya apoyado, a su vez, en un método y una guía fiables de transmisión. Esto nos garantiza que llegaremos a buen puerto y no nos quedaremos dando vueltas en una acequia.

Es un bello camino cuya irradiación llega a todos los aspectos de nuestra existencia y a quienes nos rodean, e influye desde en cómo nos comemos un helado hasta en con quién deseamos compartir nuestra vida, pasando por nuestra forma de escribir, la manera en que nos relacionamos con las emociones o el modo en que nos tratamos a nosotros mismos.

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