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Mi experiencia con el ‘bypass’ espiritual

Bypass espiritual o circunvalación , carretera que descongestiona

 Jueves, 13 de junio de 2019

«Bypass espiritual» es un término que acuñó John Welwood en 1984 para referirse a la tendencia de muchos practicantes espirituales occidentales de usar la meta de la iluminación o el despertar para circunvalar —a base de racionalización— sus conflictos internos en lugar de enfrentarse a ellos. No voy a incidir mucho en esto, porque hay bibliografía de sobra acerca de este tema, como es el maravilloso libro Psicología del despertar, del propio John Welwood, o La evasión espiritual: cuando la espiritualidad nos desconecta de lo que realmente importa, de Robert Masters, o artículos aclaratorios como Los riesgos del ‘bypass’ espiritual, de Fabiana Fondevila.

«Bypass espiritual»: término acuñado por John Welwood en 1984 para referirse a la tendencia de muchos practicantes espirituales occidentales de usar la meta de la iluminación o el despertar para circunvalar sus conflictos internos… Clic para tuitear

¿Antipráctica espiritual?

Pero sí querría dar mi propio punto de vista y exponer mi experiencia como practicante espiritual occidental que ha caído a cuatro patas (y sigue haciéndolo) en esta especie de antipráctica espiritual. Y es que (seamos honestos) quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Quizá la necesidad de hablar del bypass espiritual tenga que ver con el relativamente reciente ingreso de una tradición espiritual oriental como es el budismo dentro de un mundo y una cultura completamente impregnados de racionalismo e individualismo, que ha crecido bajo la impronta cartesiana de «Pienso, luego existo». Si de entrada no damos por bueno nada que no pase por el filtro mental del pensamiento científico, ¿cómo vamos a abrirnos sin más a una práctica que apunta a la experiencia de lo inefable? Lo primero que haremos, para ponerle el sello de autenticación, será pasarla por dicho filtro y, a partir de ahí, tratar de aplicarla de un modo aséptico que no toque ninguno de nuestros puntos vulnerables. Sí, puede ser que esté hablando del mindfulness.

«Pienso, luego existo»: si de entrada no damos por bueno nada que no pase por el filtro mental ,¿cómo vamos a abrirnos sin más a una práctica que apunta a la experiencia de lo inefable? Clic para tuitear

El caso es que en la forma de introducir el budismo en Occidente, quizá muchos maestros venidos del Tibet, Nepal, la India, Japón… no han tenido suficientemente en cuenta esta fortísima tendencia a la racionalización (¡somos cerebros con patas!), aunque hay que decir que en cuanto se dieron cuenta de las diferentes circunstancias de Occidente en relación con sus respectivas culturas, han hecho todo lo que han podido para alertarnos de esta modalidad occidental de samsara colectivo (y me estoy acordando del maravilloso libro Más allá del materialismo espiritual, que Chögyam Trungpa Rinpoché publicó ya en 1973).

La verdad relativa y la verdad última

En ese sentido, creo que tengo una gran suerte de tener una maestra española (que además es la mejor maestra del mundo :-)), porque ella conoce perfectamente de qué pie cojeamos y sabe cómo aplicar las enseñanzas tradicionales para que —sin que pierdan una gota de su esencia original— traspasen nuestra enorme cabezota y nos lleguen, por otro canal, directas al corazón. Porque lo que puedo asegurar después de más de quince años practicando es que al método (llamadlo budismo si queréis) no le falta de nada. En todo momento todas las pautas de todas las prácticas meditativas y cada frase de las enseñanzas apuntan a lo mismo: a no descuidar la verdad relativa en pos de la verdad última, a practicar con lo que hay (y no con lo que queremos que haya), a relacionarse con lo que nos roza sin evitación, etc. Pero como dice mi maestra: queremos que nos quiten lo que nos hace sufrir de nuestros patrones, pero sin renunciar a la comodidad del patrón.

Queremos que nos quiten lo que nos hace sufrir de nuestros patrones, pero sin renunciar a la comodidad del patrón. Clic para tuitear

A este samsara colectivo se une cada samsara particular. En mi caso, y creo no ser la única, me topé de bruces con el budismo en mi huida del sufrimiento, precisamente porque no sabía cómo enfrentarme ni relacionarme con todo el cúmulo de disparadores internos que me llevaban una y otra vez a comportamientos perniciosos y autodestructivos. Malinterpretamos el método (en este caso la meditación) en base a nuestros patrones (algo que, afortunadamente, el propio método toma en cuenta), así que mis primeros pasos en el budismo me llevaron a creer que aquello de la vacuidad y la no existencia del yo me iba a librar de la tensión, de la culpa, de tener que responsabilizarme de mi vida y un largo etcétera. Podría por fin ser buena de verdad y volcarme en los demás para no tener que acordarme de lo odiosa que era yo. Porque si el yo no existía y todo era mente, mi sufrimiento tampoco existía, ni todas esas partes mías que no quería ni ver.

Todo esto se incrementaba, en mi caso, por la disociación (desconexión de la mente con el corazón y el cuerpo), la ansiedad, la hiperactivación, la tensión, una serie de traumas que no quería ni tocar… En fin: la espiritualidad era la vía de escape perfecta porque, además, resultaba tan convincente en el plano racional (sin fisuras), que cubría todas las necesidades de lo que yo quería ser.

El método, por fortuna

Por fortuna, el método (llamémoslo budismo en mi caso, aunque todas las tradiciones auténticas apuntan a lo mismo) y mi maestra son incluso más machacones que mis tendencias enfermizas, y en cada encuentro con ella me clava la espada de la transmisión sin que mi racionalidad tenga tiempo ni de reaccionar, y aunque en mis meditaciones siga primando la evitación, me hago más y más consciente de ella.

Por fortuna, he tenido y tengo buenos terapeutas que señalan en la misma dirección y apoyan como abogadas a mis partes más maltratadas para que se atrevan a salir a la luz y testificar en mis propios juzgados internos.

Por fortuna, he tenido y tengo la herramienta de la escritura para tocar y cerciorarme de lo inefable de la realidad.

Por fortuna, he podido conectar (a pesar de lo deteriorado de mis cables) con otros seres humanos gracias a la maternidad, la enseñanza y la amistad verdadera.

Por fortuna, he podido aunar todas las herramientas en mi trabajo para poder ofrecérselas a los demás y, así, ayudarnos unos a otros a hacernos conscientes de nuestra fuerte tendencia a usar dichas herramientas para huir en vez de para enfrentarnos a lo que hay.

Así, y aunque me reconozco una experta circunvaladora de mis conflictos terrenales en pos de un despertar indoloro, gracias a la autenticidad de los medios hábiles y de quienes me los han enseñado (escritores, profesores, terapeutas y maestros) tengo la certeza de estar en la autopista del despertar. O al menos en alguna de sus circunvalaciones ;-).

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