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Post - Título oculto

LA DEVASTACIÓN DEL EGO

Regeneración del ego: alumnos del curso intensivo de escritura y meditación sentados alrededor de un Tatami

10 de septiembre de 2018

La resistencia

Ayer concluí un curso intensivo de escritura y meditación presencial. Cuando regresaba a casa, después de haberme tomado una caña con cuatro de los alumnos, me sentía devastada. Mi cuerpo estaba exhausto y mi mente se veía bombardeada por miles de pensamientos duros como dagas. No había sido un curso fácil. El alumnado era exigente y mis patrones me llevan a sentir inseguridad ante eso, lo que dio como resultado una mayor dificultad para la transmisión. De esa forma me cansé más y me fue más difícil propiciar que la energía del grupo se moviera. Y también provocó que todos tuviéramos más resistencia a abrirnos. ¿A qué? A lo que hubiera. Porque de eso iba el curso. Y lo peor de todo es que después de haber practicado tres días con intensidad, el mecanismo de autoengaño y evasión habituales no me funcionaban, lo que me llevaba a ver todo esto con una nitidez que me rasgaba las entrañas.

El sentirme devastada, además, redoblaba mi desazón. Mi mente no solo me bombardeaba con pensamientos duros, sino que —con tal de no agachar la cabeza y admitir que así había sido la cosa esta vez— estos daban saltos mortales, haciéndome sentir mal por sentirme mal. «Deberías estar contenta. A la gente le ha gustado y servido el curso, y tú aquí estás, haciéndote la víctima, como siempre. Criticándote, como siempre. En plan perfeccionista, como siempre. Ya te vale. No te conformas con nada, ¿eh? Siempre quieres más. ¿Cómo vas a llegar así alguna vez al contentamiento?». Esto era lo más suave que me decían mis pensamientos acróbatas.

Demolición o/y regeneración del ego

Entre medias, me venían flases del curso. La atención de las personas escuchándome (Marta, Victoria, Sergio) mientras me debatía por hacer entender conceptos complejos que ni siquiera yo tengo del todo asimilados; cómo me animaban con su mirada y su asentimiento (María, Pilar, Fran) cuando mis ojos se cruzaban con los suyos; la aceptación (Pepe, Melissa) con la que me seguían sin rechistar en un ejercicio tras otro, cada uno de los cuales iba golpear en alguno de los pilares de su vida; la apertura (Emanuela, David) con la que apreciaron la posibilidad de que quizá no seamos lo que creemos ser. Me di cuenta lo bestia que soy, tratando de que las personas se abran en dieciséis horas a lo que yo no he podido abrirme en quince años meditando y escribiendo. Me di cuenta, rememorando la bondadosa docilidad de esas diez personas, de que cada una de mis palabras, actitudes y ejercicios iban encaminados a la demolición del ego, que es lo que nos dedicamos todos a proteger la mayor parte de nuestra vida. Tengo una buena razón: para eso considero que sirve la meditación y también la escritura. Lo que ocurre es que mis patrones me hacen ser tan redomadamente crítica que quizá transmito más demolición que regeneración.

Me animaban con su mirada y su asentimiento, con su aceptación al seguir un ejercicio tras otro, golpeando cada uno de los pilares de su vida

¿La devastación?

Mientras le daba vueltas a todo esto, apareció en mi mente uno de esos flases espontáneos que me golpeó como una bofetada. Volví a ver a las personas al final del curso, cuando todos nos despedíamos. Hubo un instante —y estoy casi segura de que no solo yo lo viví así o, por decirlo de otro modo, de que ninguno de nuestros «yoes» estuvo invitado a disfrutar de ese instante— en que todos pudimos palpar la fragilidad y vulnerabilidad de todos los demás. Como si estuviéramos desnudos. Creo que si hubiéramos estado literalmente sin ropa no habría sido más quebradizo el instante. Tan bello. Tan crudo. Allí estábamos en bolas, sin ropajes ególatras que nos cubriesen, un poco avergonzados, meros seres humanos con toda su humanidad a la vista. No podíamos escondernos, porque llevábamos dieciséis horas desnudándonos unos frente a los otros. Y además el instante nos pilló por sorpresa, quizá porque había que decir adiós y teníamos las defensas bajas. Apareció, nos estalló en la cara y, como todos los instantes, se marchó dando un portazo. Entonces, educadamente, algo noqueados, nos despedimos hasta la próxima.

Hubo un instante en el que todos pudimos palpar la fragilidad y vulnerabilidad de todos los demás. Como si estuviéramos desnudos. Tan bello.Tan crudo. Apareció y nos estalló en la cara […]y, se marchó dando un portazo.

Cuando volvía a casa, estaba inmensamente triste por haber tenido que despedirme de diez maravillosas personas, pero no lo quería admitir.

Así que empezaré este post de otra manera:

«Ayer concluí un curso intensivo de escritura y meditación presencial. Cuando regresaba a casa, después de haberme tomado una caña con tres de los alumnos, me sentía muy triste y vacía por la despedida. Y mi ego, devastado por haber perdido una batalla».

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