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MI MAESTRA

La mano de un maestro budista sujetando una flor

17 de diciembre de 2018

La joya de tener una maestra auténtica

A principios de diciembre estuve en un retiro de meditación con mi maestra. A veces me meto tanto en la rutina de los retiros que los doy por hechos, como una parte más de mi vida cotidiana. Esta vez no ha sido así. A cada momento me asombraba de mi fortuna, de la fortuna de todos los que estábamos allí. De la joya de tener una maestra auténtica. De haberla tenido dieciséis años y, con otro poco de suerte, tenerla por dos o tres décadas más.

«Tenerla» suena un poco posesivo, pero lo mismo nos pasa con el resto de personas y objetos que nos rodean, que nos parece que los «tenemos» y que nos pertenecen («mi casa», «mi coche», «mi novia»…). En el caso de un maestro, está ahí precisamente para recordarte continuamente que no hay nada que poseer, que si cierras el puño sobre las cosas o las personas no tendrás más que un puñado de polvo, pero si lo abres el universo entero estará en la palma de tu mano.

Un maestro está ahí para recordarte que no hay nada que poseer […], y que si abres el puño el universo entero estará en la palma de tu mano

El maestro y el conflicto occidental con las figuras de autoridad

La figura del maestro es difícil de entender para los occidentales, acostumbrados a racionalizarlo todo y echar por tierra cualquier tipo de jerarquía (aunque internamente las tenemos a montones, de una forma inconsciente). Desarrollamos todo tipo de conflictos con las figuras de autoridad, y no queremos que nos manden ni rendir pleitesía a nadie, y menos en un entorno que «huela» a liturgia religiosa.

Yo tenía todas estas resistencias, y muchas más, antes de conocer a mi maestra. Pero es que entonces no tenía ni idea de cómo funcionaba mi mente, mi corazón y mi cuerpo, y menos de cómo funcionaban a la vez. Cada uno iba por su lado, pero yo no me daba ni cuenta. Creo que el maestro de uno es reconocible porque tiene la facultad de alinearte. Eso duele, sobre todo al principio. Mi mente, mi corazón y mi cuerpo querían alimento, pero de forma compulsiva y desconectada. Y estaba tan acostumbrados a andar con el paso cambiado que cuando esos tres espectros de la energía se conjugaron para transmitirme la misma información… resultó casi insoportable. Y también bellísimo.

Al maestro lo reconoces porque tiene la facultad de alinear tu mente, el corazón y tu cuerpo

Lo primero que vi en mi maestra fue que ella no buscaba alimento: no buscaba cariño, no buscaba poder ni reconocimiento, no buscaba fama, no buscaba vanagloriarse con nosotros. Tampoco era perfecta, sino muy humana. Simplemente, estaba ahí, ofreciéndonos lo que sabía, ofreciéndonos su corazón, ofreciéndonos su presencia. Se dice que las claves de una comunicación consciente son un cuerpo presente, un corazón tierno y una mente abierta. Mi maestra siempre ha sido, en su relación con nosotros, la representación de esas tres cualidades. Esa es la esencia del maestro (la primera de las tres joyas), que está en armonía con la esencia de las enseñanzas (la segunda joya) y con la aspiración de la sangha o comunidad de practicantes auténticos (la tercera joya). Esas tres joyas, en el entorno de un linaje, son el sello de garantía de que no te estás metiendo en la boca del lobo.

Se dice que las claves de una comunicación consciente son un cuerpo presente, un corazón tierno y una mente abierta

El espejo, esencia de apertura y claridad

Mi maestra siempre ha sido un espejo. En él veo reflejados todos mis patrones (sin faltar ni uno), aunque también mi riqueza, y es que ese espejo me muestra que no están en un lugar diferente.

Un espejo es, asimismo, un ejemplo de cómo hemos de situarnos en nuestra vida para, a nuestra vez, ser espejo de los demás. Sin ese espejo nos perderíamos en el laberinto de nuestras tendencias habituales (que tenemos tan cerca como un grano en la nariz) y nos creeríamos cojonudos en nuestras relaciones con los demás… Pero el espejo no engaña, te muestra lo que hay. Si lo que hay es un grano purulento en la nariz que no te gusta nada, es problema tuyo, no del maestro. El maestro, el espejo, no emite juicios sobre lo que se refleja en él. Su esencia es apertura (amor) y claridad (consciencia). Por eso, cuando me reflejo en mi maestra y odio lo que veo, me entreno en abrazar ese odio con amor para, algún día, poder ser espejo también.

Cuando me reflejo en mi maestra y odio lo que veo, me entreno en abrazar ese odio con amor para, algún día, poder ser espejo también

Mi maestra también está presente cuando medito. En forma de instrucciones. En forma de protección. En forma de aspiración. Cuando me refugio en las tres joyas, me fundo con ellas y se disuelve la separación. Si cuando trato de llevar la atención al soporte de la respiración me veo con demasiados problemas… me imagino que ella medita por mí, y el antídoto funciona. Cuando voy a dormirme, la visualizo en el centro del corazón, y entonces la respiración se relaja y el miedo se disuelve. Cuando en la vida cotidiana me atacan las emociones más feroces, me sitúo donde ella me ha enseñado, sin cortar la comunicación con la experiencia. Y si tengo fuerza y confianza para hacerlo, es porque confío plenamente en ella y en su método (que son lo mismo). Solo hay que verla y sentirla para saberlo. Y así, poco a poco, las situaciones mismas se vuelven también mis maestras: la experiencia de mi cuerpo, mis emociones, mis pensamientos, está ahí para enseñarme a abrirme con amor a todo lo que venga.

Sin mi maestra nunca habría encontrado mi propia fortaleza, ni mi bondad, ni mi paciencia, ni siquiera sabría lo que significa la palabra «espiritualidad». Estaría completamente perdida en el mundo de las apariencias, creyéndome a pies juntillas cada pensamiento que pasara por mi mente, asumiendo ser arrastrada de aquí para allá por las emociones, pensando que yo era lo que mis predisposiciones decidieran, aceptando como real la versión de la película que mis propias tendencias me hacían retransmitir.

El amor, el respeto y la devoción no se presuponen en el caso de un maestro. Se los gana a pulso

El amor, el respeto y la devoción no se presuponen en el caso de un maestro. Se los gana a pulso. Nadie es más que nadie y no hay separación entre yo y el otro a nivel último. Pero, en la verdad relativa, que es en la que vivimos o yo, al menos, vivo, necesito ese reflejo exterior de la verdad última para, algún día, da igual cuándo, poder experimentar la no separación.

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1 comentario
  1. marusela 18/12/2018

    Qué preciosa conexión.

    Responder

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