UN GRITO DE GUERRA

Meditación en la montaña, lo alto de la cima

 

28 de febrero de 2019

En la práctica de la meditación solemos estar pendientes, o ponemos el acento, en aquellos momentos en que «nos salen bien las cosas» y, por tanto, en aquello que nos ha de salir bien en el futuro. En los momentos de distensión, en la calma incipiente, en la energía cálida de la bodichita, en la autoconsciencia a la que llegaremos algún día. Lo otro, todo lo que no sale, no son sino malos tragos que hay que ir superando con resignación, la otra cara de la moneda, algo inherente a la parte buena pero sin duda —y por su misma esencia— desagradable y fastidioso.

La gran fuerza del meditador consiste en ir al encuentro de lo que no es calma, de lo que no es autoconsciencia, de lo que no es apertura Clic para tuitear.

Sin embargo, la gran fuerza del meditador no consiste en tener la mente en calma, ni en ser autoconsciente, ni en ajustar a la perfección apertura y claridad. Eso —la calma, la apertura— es algo que llegará como un regalo, y que nos servirá de muestra para seguir indagando en lo otro, en los desajustes, en por qué se producen, en cómo ayudar a los demás para que los vean y vayan desmontando las fabricaciones inútiles.

Lo mejor que le puede pasar al meditador es tener la capacidad de darse cuenta, ni más ni menos, de lo que está ocurriendo en cada momento. Y lo que ocurre en cada momento es, de momento, nuestra tendencia a dividirlo todo entre lo que queremos y lo que no queremos. Es decir, nuestra tarea como meditadores, nuestro reto al fin y al cabo, no es alcanzar la felicidad, para lo que seguramente nos queden unas cuentas vidas, sino desvelar lo que la cubre, esa tendencia nuestra a la dualidad, y abrirnos en ese punto con amor y compasión. Ese es nuestro reto, y creo que a veces nos perdemos en lo que nos gustaría alcanzar y en la parte «molona» de nuestra práctica, y valoramos muy poco (al menos yo lo hago) justo lo que nos hace cada vez más fuertes, valientes, poderosos y buenos, que es precisamente lo que no es «molón» y, por tanto, queremos apartar de nuestro camino, cuando hacernos conscientes de eso es justo el camino hacia el despertar.

Nuestra tarea como meditadores, nuestro reto al fin y al cabo, no es alcanzar la felicidad, sino desvelar lo que la cubre, esa tendencia nuestra a la dualidad, y abrirnos en ese punto con amor y compasión. Clic para tuitear

Ver las cosas de esta forma a mí me da fuerza e impulso, me hace valorar el camino de otra forma, con otros ojos. Es como si el miedo que siento al espacio se convirtiera en un grito de guerra. No de «guerra» en el sentido de lucha, sino de quien toma fuerzas para hacer su trabajo con precisión y ánimo.

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