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Post - Título oculto

UN PITIDO EN LOS OÍDOS

Una sombra perseguida por un gigante en la niebla con los ojos iluminados

 

Ávila, 31 de julio de 2018

Hoy me he despertado con el pitido habitual en los oídos. No es exactamente un pitido, o no es solo un pitido permanente, sino que lo acompaña la sensación de que la sangre corre demasiado rápido por las autopistas del cerebro. Es una sensación de presión y vertiginosidad. Resulta muy incómoda, porque sitúa todo lo demás en segundo plano, como si tratases de desenvolverte en tu vida cotidiana mientras participas en una triatlón. Quieres establecer rutinas, o no hacer nada, permanecer tumbada en la cama simplemente con la vista en el techo, pero tu cuerpo se comporta como si nunca estuvieses en estado de reposo. ¿Cómo es posible que no hubiese reparado en esto (tan evidente) hasta saber que tenía un trastorno que afectaba a mi cerebro? Supongo que la imagen de quién quería ser que superponía sobre la realidad era tan potente que no me dejaba entrar en contacto con lo que mi propio cuerpo me gritaba al oído.

Supongo que la imagen de quién quería ser que superponía sobre la realidad era tan potente que no me dejaba entrar en contacto con lo que mi propio cuerpo me gritaba al oído

Además, hoy es un día extraño. Uno de los pocos días del año en que estoy en modo impass. Me he venido a Ávila yo sola, pero hasta mañana no comienzo el retiro de meditación con mi maestra y mi sangha. Tengo muchas cosas que hacer, muchísimas, infinitas (mi mente es experta en fabricar tareas). Pero nada urge, y hay algo en mi mente que asume un estado meditativo. ¿A qué llamo «un estado meditativo»? Pues a no estar TAN involucrada en los contenidos de lo que pasa por mi cabeza, y más atenta, sin embargo, a los procesos de pensamiento en sí, al modo en que me involucro tantísimo en dichos contenidos.

Por eso el pitido se escucha más fuerte que nunca. Es un efecto de la atención consciente o de la no evasión. Me levanto, y me dispongo a realizar una práctica de visualización, que a la vez involucra el movimiento del cuerpo y una recitación. Este tipo de meditación (tener que prestar atención a tantas cosas a la vez) me pone en contacto también con el ansia. Un ansia primigenia que parece empujarme a cada instante hacia otro lugar distinto de aquel en el que estoy, y que es la causante de eso a lo que llamamos «ansiedad». Pero la ansiedad (precursora del consumismo y la adicción) es solo el síntoma físico de ese ansia más profunda, provocada a su vez por una necesidad constante de reafirmación del ego.

Mientras recito, visualizo y me muevo, quiero agarrarme a ese algo que soy yo con uñas y dientes, conservarlo, que permanezca y me proteja de todo mal

Mientras recito, visualizo y me muevo, quiero agarrarme a ese algo que soy yo con uñas y dientes, conservarlo, que permanezca y me proteja de todo mal. Pero desaparece a cada momento, y a cada momento he de volver a construirlo desde cero (acudiendo a la memoria, a las creencias, a las opiniones, a los valores, a los pensamientos, a los patrones acendrados, a la desesperación si hace falta). Me reafirmo en lo que mi mirada me grita (yo estoy aquí; tú, allí), en lo que mis sentidos ponen de manifiesto (te siento, luego existo), en lo que mis percepciones me señalan (esto es bueno y esto, malo), en lo que configuran mis pensamientos (soy de esta manera y no puedo escapar de ello) y en lo que mi conciencia asegura (soy la inteligencia que está detrás de todas las percepciones). Pero eso que creo ser se vuelve a escurrir una y otra vez, y lo único que permanece es mi recitación, la visualización, el cuerpo repitiendo los mismos movimientos, mi corazón abriéndose, doliéndome mi propia obcecación y la de todos los seres.

Meditar me duele, no quiero abrirme,[…] no quiero ver la mugre, la putrefacción

Porque meditar me duele. Llevo más de quince años haciéndolo, y sigue habiendo algo en mí que no quiere hacerlo. No quiero abrirme, no quiero quitar el tapón del fregadero desde hace tantas vidas atascado. No quiero ver la mugre, la putrefacción. Tampoco quiero ver lo bueno, mi propia riqueza personal; me abruma, y no sé cómo comprometerme con mis cualidades. No quiero ver lo que hay. No quiero aceptar que hago daño a los demás, que me hago daño a mí misma la primera, y ver mi capacidad de amar me enternece demasiado, me desarma, y me siento tan vulnerable… Leo en los libros las bondades de la atención plena. Y estoy plenamente convencida de ellas. Pero mi ego empieza a retorcerse, gimiendo, cada vez que me pongo a meditar; y yo estoy todavía muy identificada con esa pequeña parte de lo que en realidad soy.

A veces pienso que mi misión en esta vida debe de ser poner de manifiesto lo luminoso a través de explorar la oscuridad. Götsangpa fue un reputado maestro budista del s. XII que pasó por circunstancias personales muy difíciles (tenía muchos problemas físicos y psicológicos, de los que mucha gente a su alrededor se burlaba), y que hizo de las dificultades su camino de realización. Tiene muchas canciones que hablan sobre esto, como una titulada «Ocho situaciones básicamente positivas que no hay que rehuir». Entre estas situaciones están la enfermedad, los conflictos, el sufrimiento, la torpeza mental y la muerte. Cualquiera diría: ¿qué tiene de positivo todo eso? Pero quizá la pregunta que habría que hacerse es: ¿qué tiene de positivo intentar evitar permanentemente todo esto?

Cuando veo tan claramente mis resistencias, me acuerdo de Götsagpa y me da fuerzas para seguir. Pienso que las enormes limitaciones que me han sido dadas en esta vida, en base a mi introversión, mis contradicciones, los traumas por los que he pasado y el trastorno a que dieron lugar, el endiablado juez interno con el que me toca convivir, la desconexión con mi cuerpo y mis emociones, mi vergüenza permanente, la exigencia (hacia mí misma y hacia los demás)… son, en realidad, mi camino espiritual, aquello que me va marcando hacia donde tengo que ir. Porque no hay otro lugar al que escapar.

Cuando termino mi práctica me doy cuenta de que he estado, la mayoría del tiempo, distraída, tratando de huir, y me pitan los oídos más que nunca. La visualización la he hecho a medias (como quien pone una postal delante y se olvida de ella), en el cuerpo he activado el piloto automático, y rara vez atendía a lo que estaba recitando en tibetano. Y eso me acerca al sufrimiento de todas las personas que, como yo, padecen el pitido permanente de su existencia condicionada. Ese acercamiento me ablanda el corazón y hace que, en el momento siguiente, la reafirmación de mi ego sea un poquito (una pizquita) más débil y mi compromiso con la práctica un pelín más estable.

Poco a poco.

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2 comentarios
  1. Elisa 03/08/2018

    Poco a poco aumentando lo brillante que ya eres. Como una estrella. Como la explosión creadora del Universo detrás del primer pitido…

    Responder
  2. Cristina 11/09/2018

    Me identifico con lo que dices, Isa, el pitido en los oídos y la mente que no para de charlotear diciendo lo que tendrías que ser y no eres… en fin, poco a poco. Saludos

    Responder

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