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Post - Título oculto

EL CONVENTO

Planta de algodón, mullidos rodean mi convento

En los últimos meses me he dedicado a quitar cuidadosamente los algodones que rodeaban mi corazón para amortiguar el dolor, e irlos poniendo alrededor de mi vida para amortiguar el estallido del dolor.

Soy una desconocida que se va conociendo instante a instante, golpe a golpe […]. Es como presenciar y protagonizar a la vez una lucha sin cuartel a nivel celular.

Despertarme y sentir, lo primero, el pitido en los oídos (¿será la sangre corriendo a todo meter por mis sienes?). La adrenalina quiere pegarme un chute: a veces resisto la tentación y otras no. Cuando la resisto, me quedo un rato más en la cama. Sé que no será agradable, pero no puedo dejar que el «hacer» tape el «ser». Ahora el «ser» tiene que ver con el «no saber quién se es». Soy una desconocida que se va conociendo instante a instante, golpe a golpe. La ballena gris en el cerebro, mi cuerpo quejándose, los pensamientos ametrallándome (solicitando toda mi atención), el corazón soltando sangre a borbotones. Las palabras que no alcanzan con la yema de sus letras a la experiencia real. Es como presenciar y protagonizar a la vez una lucha sin cuartel a nivel celular; como si los conflictos vitales estuviesen reflejados especularmente en el cuerpo, en los órganos, en las mitocondrias. Cuando ya no puedo más de ese desenfrenado descanso, levantarme e ir despacio al baño, aceptando que, ya de buena mañana, me tengo exhausta. Seguir las rutinas (hacer pis, peinarme, cambiar los cuencos de agua del altar…) instante a instante, y cuando los pensamientos me arrastran, volver a la orilla y permitirme, simplemente, sentir. Sentarme a meditar. Dejar que el corazón sangre. De vez en cuando, llorar. Dejar que eso también pase, con la atención puesta en la respiración. No ser capaz. Dejar que también pase ese pensamiento. Ver surgir imágenes del pasado: de abandono, de soledad, de injusticia, de humillación, de desprecio, de desinterés. Calibrar la distancia entre cómo las había procesado mi entendimiento (no vales, no sabes, no es para tanto, deberías haber) y el sentimiento real (odio, rabia, rechazo, tristeza, desesperación). Mientras tanto, preparar el desayuno despacio: calentar la pasta de arroz, poner al fuego la tetera, elegir el té, espolvorear sobre el arroz las pipas, los arándanos secos, el cardamomo. ¿Hasta cuándo aguantaré cuidarme antes de correr a por un donuts, una hamburguesa, una cerveza, una pizza?

¿Hasta cuándo aguantaré cuidarme antes de correr a por un donuts, una hamburguesa, una cerveza, una pizza?

Detectarlo como uno de esos pensamientos provocados por la ansiedad, por el querer huir. Decirme a mí misma: esa no es la salida. A veces, acariciarme la cara, darme un golpecito en el hombro, abrazarme. Subir de nuevo a mi celda, sentarme a trabajar, que es por fin descansar de mí misma. Aunque ya no tanto. De vez en cuando, sentir la respiración superficial, el cuerpo alerta, la garganta apretada. Y respirar hondo, percibir el suelo bajo los pies, desanudar la faringe. Acariciar la tristeza, entender la magnitud de la tragedia. De las sucesivas tragedias, provenientes de un malentendido primigenio: no mereces ser amada. No mirar la lista de e-mails por responder, sobre todo los que exigen implicación emocional. Entender que algunas respuestas son demasiado duras de escribir. Quedar con muy poquita gente. Admitir los cambios que están por venir en mi forma de relacionarme, asumir que mi «hambre de amor» nunca será saciada desde el exterior. Sentirme en otra frecuencia con la gente, a través de unas rejas de contención. Comer a mis horas, despacito. De repente, una arcada de dolor, acompañada de sentimientos de desolación, de miedo atroz, acompañados de pensamientos como navajas de afeitar… que dejo pasar  sangrando para ir al siguiente instante, no mucho mejor, ni mucho peor, casi ya me da lo mismo. Ampliar la celda rodeada de algodones para dar clase e invitar a entrar en el convento a mis alumnas/os. En ese rato, sentir la plenitud, la no separación.

Ampliar la celda rodeada de algodones para dar clase e invitar a entrar en el convento a mis alumnas/os. En ese rato, sentir la plenitud, la no separación

Volver a la soledad, no entender cómo dos personas que se aman pueden permanecer separadas, maldecir, llorar de rabia, de impotencia, ¿por qué me ha tocado pasar por esto? ¿Hay cosas peores que haber encontrado el amor y no tenerlo? ¿Que saber que la otra persona te ama y no se atreve a atravesar el miedo al amor? ¿Acaso eso se puede echar al pasado como quien lanza una bolsa de basura al vertedero? Calentar las verduras, el arroz, la sopa de miso para la cena. Sorprenderme de, un día más, no haber bajado a por cerveza. Ver un ratito Mad men mientras ceno. Suspirar, tan cansada… Entender que mañana será otro día. No mucho mejor, ni mucho peor, ya casi da igual. Lavarme los dientes muy despacio, mirándome a los ojos, diciéndome sé que estás ahí, aunque te escondas. Acostarme en posición fetal rodeada de algodones mientras los gatos se acurrucan en el triángulo de mis piernas encogidas. Acordarme de mi maestra y cerrar los ojos.

 

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1 comentario
  1. Marta Sonia Martinez Ramirez 15/06/2018

    Vaya eso me recuerda mi adolesencia y cada una de las experiencias vividas llenas de dudas y desolacion marcadas por experiencias dolorosas qje con el paso del tiempo se van difuminando animo se que encontraras una salida no todo esta perdido respira hondo y de nuevo…..

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