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EL INFIERNO

El infierno es fuego y es un águila con las alas desplegadas sobrevolando tu cabeza

A mis alumnos del grupo de Escritura y meditación online, porque ellos me han inspirado con los textos en los que daban voz a sus respectivos jueces internos.

Una de las formas más efectivas de acceder a nuestro mundo interior es a través de la escritura. […] Cuando nos escribimos a nosotros mismos, no debemos preocuparnos por si los demás nos juzgan: simplemente escuchamos nuestros pensamientos y dejamos que fluyan. Luego, al releer lo que hemos escrito, a menudo solemos descubrir verdades sorprendentes.

[…] Tenemos la libertad de entrar en una especie de estado de trance en el que el bolígrafo (o el teclado) parece canalizar todo lo que va saliendo de dentro. Podemos conectar esas partes narrativas y de autoobservación del cerebro sin preocuparnos por la recepción que tendremos.

Bessel Van der Kolk
El cuerpo lleva la cuenta: cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma

Todo suele empezar con una ligera sensación de evitación, como quien trata de espantarse un mosquito de la ceja, de ese lugar al que la vista no alcanza. Sigues con tu vida, porque al fin y al cabo, qué más darán todos los mosquitos del mundo que estén fuera de tu ángulo de visión. Pero es molesto, porque no se va, más bien empieza a acaparar la atención como si, en realidad, siempre hubiese estado allí, incordiando.

Hasta que de repente te das cuenta de que el maldito mosquito domina tu vida. Que más que un mosquito es un agujero negro que absorbe tus acciones, tu energía y cualquier intento de salir a flote. Que en realidad eres tú el mosquito tratando de volar en contra de esa atracción fatal que te quiere arrastrar al abismo. Hoy es tu 49 cumpleaños y empiezas a oír las voces que te llegan desde ese pozo sin fondo: «¿Qué haces en este mundo? ¿No crees que no deberías existir?». Una sabe que no es así, que todo el mundo tiene derecho a existir, lo dicen los Derechos Humanos y demás. Una sabe que son las voces de antiguos patrones ancestrales que se quedaron atascados en los bucles del tiempo. ¿Y qué, si lo que sientes es que nunca deberías haber estado en este mundo? Saber no ayuda, echa más leña al fuego: «¿Cómo no eres capaz de salir de ahí, imbécil? ¿A qué esperas? Aplasta el mosquito con el dedo meñique, ya verás qué alivio». Pero a estas alturas el mosquito eres tú, y el agujero negro no para de martillearte la cabeza. «Tantos años de terapia para esto. Respira y céntrate en tu cuerpo. Al menos eso sí sabrás hacerlo, ¿no? Hasta un niño de teta podría». Sientes pitidos en los oídos, la mandíbula apretada por la rabia, el estómago como un puño. «Ni siquiera eres capaz de relajarte. ¿A qué le tienes miedo? Eres una cagueta. Los fantasmas te dominan y no eres capaz de enfrentarte a ellos». Tu cuerpo se rompe por dentro. Sientes que no vas a ser capaz de salir adelante con tu trabajo, porque nunca podrás organizarme, siempre con muchas más tareas urgentes que hacer de las que das abasto. Te parece que tu aislamiento no te permite tomar contacto real con los demás, y que las personas que te quieren no se merecen este fiasco, de modo que los mensajes de cariño te llegan como cortes afilados. Whatsapp y Facebook te gritan mensajes de felicidad mientras resbalas por el cráter del abismo sin que nadie te pueda ayudar. «Nadie, absolutamente nadie te puede querer, y quien te quiera, vaya decepción se llevará». Te sientes una bruja gritona y manipuladora que está trasladando patrones emponzoñados a sus hijos. El desfase entre cómo te sientes y cómo te ven los demás es el águila alimentándose de tus intestinos, mientras tú permaneces atada a la piedra de ti misma. En este instante serías cualquier persona o animal del planeta salvo tú. Pero eres el único sitio de donde no puedes escaparte. La rabia es un látigo desafiante que se vuelve hacia ti. Tu terapeuta te pregunta si le dejas entrar en tu celda y tú le contestas que este lugar no lo quieres para nadie. «No, no quiero que entres —le contestas—. Esto es el infierno».

Tu terapeuta te pregunta si le dejas entrar en tu celda y tú le contestas que este lugar no lo quieres para nadie. «No, no quiero que entres —le contestas—. Esto es el infierno».

Y lo peor no es el enfado, el dolor o la desesperación. Es la vergüenza. Sabes que nada de esto es real, que eres tu peor enemiga, que te estás perdiendo todo lo valioso de la vida, que estás rodeada de personas valiosas que te consideran valiosa, que tus hijos son imperfectamente maravillosos y te consideran la imperfecta madre ideal, que si llevas saliendo adelante tú sola hasta ahora, ¿por qué no vas a salir adelante unas décadas más?, que llevas arruinándote la existencia 49 años con percepciones irreales (como decía Montaigne: «Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron»), que tienes las herramientas para salir de ahí (la terapia, la meditación, el trabajo con las emociones, la determinación…). «Y entonces, ¿por qué no lo haces? ¿Qué te pasa? Serás inútil. Eres completamente idiota». Y vuelve el águila a clavar su pico con saña en los intestinos, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…

La prueba irrefutable de que el amor es más profundo que el odio, es que el odio no puede abarcar el amor,el amor sí puede abarcar el odio

Me levanto al día siguiente agotada, con la resaca del sádico que se ha ensañado torturando a su víctima hasta caer reventado, con el agotamiento y desesperanza de la víctima también. Víctima y verdugo dan pena ahí tirados. Y yo me pongo al margen de ellos a hacer mis cosas, las pequeñas cosas del día a día, un poco temblorosa. No quiero que vuelvan, no quiero que se despierten, quiero que duerman para siempre y que me dejen vivir en paz. Pero algo en mí me dice que volverán, como el Freddy Krueger de las películas, como el águila de la mitología griega, como las hordas de Mara de los budistas o como el infierno de los católicos. Es el infierno, sí. Y volverá mientras yo vuelva a él, mientras yo crea en él.

En el interludio, me entreno en exorcizarlo a través de la escritura, a través de acariciar a la niña asustada. Hace tiempo leí en un libro (no recuerdo cuál) que la prueba irrefutable de que el amor era más profundo (más cierto, más real, más sagrado) que el odio, es que el odio no puede abarcar el amor. Y, sin embargo, el amor sí puede abarcar —abrazar— el odio.

Amén.

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2 comentarios
  1. marusela 02/06/2018

    ¡Ay, Isa, que te falta la parte amable! No te has leído bien lo que pedía el ejercicio, 😉 Estás a tiempo de corregirlo: busca la otra voz y dale espacio en la escritura… Y en la vida ¿no?, que para eso vivimos, para gozar del sentimiento más grande, aunque sea solo a ratos.
    Un besazo.

    Responder
    • Isabel Cañelles 03/06/2018

      Todo se andará, Marusela… Soy más lenta que vosotros ;-).

      Besos,

      Isa

      Responder

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