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Gratitud y devoción

Gratitud y devoción, Isabel en intensivo de Barcelona 2018 en actitud de agradecimiento

09 de Mayo de 2019

Cuando comienzas a meditar la palabra devoción da bastante yuyu, hay que reconocerlo. No estamos preparados para dar, pero mucho menos para recibir.

Afortunadamente, aunque nos empecinemos en solidificarlo todo por puro terror a lo desconocido, a la libertad, eso no dura para siempre. Yo llegué al camino espiritual, como la mayoría, dando las cosas por hechas. Era el centro del universo y absolutamente todo (mi maestra, mis compañeros) se colocaba a mi alrededor en función de mí.

Yo llegué al camino espiritual, como la mayoría, dando las cosas por hechas. Era el centro del universo y absolutamente todo (mi maestra, mis compañeros) se colocaba a mi alrededor en función de mí. Clic para tuitear

Yo, me, mi, conmigo

Quedé asombrada de que mi maestra hablara de cosas que yo creía que solo me ocurrían a mí. «¿Cómo se habrá enterado?», me preguntaba. Había ochenta personas en la sala pero estaba claro, era a mí a quien se dirigía, no cabía duda, estaba dando demasiados detalles sobre mi situación concreta, particular. Y a la vez me sentía tan poquita cosa… ni siquiera me atreví a entrevistarme con ella, no fuese a fulminarme con esa luz cegadora que se dirigía a mí, solo a mí. Yo, me, mi, conmigo. Eran los únicos pronombres que sabía conjugar.

De modo que me pasé una buena temporada tratando de usar el dharma y la meditación como una herramienta más de control, la definitiva, la que me haría grande y poderosa, la que me permitiría que todas las personas cayeran rendidas a mis pies, deslumbradas por mi perfección, por mi humildad, por mi beatitud. Mis dedicaciones de méritos (yo en el centro regalando luz con condescendencia a un montón de seres extasiados) reflejaban con claridad esos delirios de grandeza. Luego llegaba a casa, después de los retiros de meditación, y sufría a lo bestia al ver lo que había. Vaya contraste, desde luego. Así que me refugiaba en la invalidación: soy una mierda, no valgo para nada, nadie me puede querer.

Después de cada retiro de meditación llegaba a casa y me refugiaba en la invalidación: soy una mierda, no valgo para nada, nadie me puede querer. Clic para tuitear

Pasó el tiempo y tuve suerte, verdaderamente. Cuanto más embrutecido estás —y a mí me ha tocado esa china, o ese karma, qué le voy a hacer—, más fácil te resulta reparar en tus tendencias al poco tiempo de ponerte a meditar. Cuando te has pasado la vida embrollándolo todo hasta extremos inimaginables, y encima te las apañas para creerte un ser grácil y bondadoso, inteligente y ecuánime, como que la tensión cuando tratas de mantener la atención en el soporte se hace muy, pero que muy evidente. Me costó muchos años entender aquello que me decía mi maestra: «La tensión está muy bien, es una gran amiga, porque te está señalando todo el tiempo lo que no es tensión». Lo que pasa, añadiría yo, es que uno no quiere enterarse, claro. Duele demasiado. A mí me dolió mucho, y prolongué ese dolor durante mucho tiempo. Sufrir es otro entretenimiento que nos buscamos para no entregarnos a la dulzura.

El dharma, azuzador de tu ignorancia

Afortunadamente, el dharma no te deja mucho respiro en tu ignorancia. Llegó un momento en que el contraste entre mis fantasías y lo que era mi vida resultaba demasiado atroz como para seguir haciéndome la indiferente. Empecé a actuar sobre aquel desaguisado. No de la forma adecuada, qué va, solo de la menos mala. Empecé a hacer cosas que contradecían mis tendencias, eso empezó a tener repercusiones a mi alrededor y llegó un momento en que todo se fue a la mierda.

Lo que pasa es que el momento en que tú crees que todo se ha ido a la mierda es justo aquel en que descubres que no eres omnipotente, que a los demás les ha ocurrido exactamente lo mismo que a ti (a lo mejor hasta varias veces) y no hacen tantos aspavientos, que esa es una etapa perfectamente natural que encaja dentro de un proceso y que ya está bien de hacerte la mártir.

Pero, sobre todo, es el momento en que estás lo suficientemente abierta (aun a tu pesar) para dejarte ayudar por los demás, para recibir lo que tienen que darte. Yo estaba pasando por ese proceso (es decir, todo se había ido a la mierda) cuando algo ocurrió en un retiro, allá por 2007. Mi hijo pequeño tenía cuatro o cinco meses, el mayor dos años. Necesitaba ir al retiro (repito, todo se había ido a la mierda y yo no tenía suelo debajo de los pies). Pero los niños eran muy pequeños y no los podía dejar a los dos con mi marido. Una de mis compañeras de meditación propuso, como si tal cosa, que cuidáramos entre los estudiantes, por turnos, del pequeño Ari.

Ahora ese gesto me parece precioso. En ese momento, resultaba casi inconcebible para mí, o para cómo yo era, o para cómo yo me creía que era. Pero me lancé. Me lancé a ese vacío de dejarme ayudar. Y cuando haces eso, es cuando verdaderamente ya no hay marcha atrás. Estás pillada. Sentir gratitud implica no ser el centro del universo. Implica que te entran ganas de hacer por los demás lo que han hecho por ti. Implica identificarte con los que pasan por circunstancias similares a las que has pasado tú. Implica entregarte. Y el acto de entrega abarca tanto el recibir como el dar.

Sentir gratitud implica no ser el centro del universo. Implica identificarte con los que pasan por circunstancias similares a las que has pasado tú. Implica entregarte. Y el acto de entrega abarca tanto el recibir como el dar. Clic para tuitear

Gratitud es entrega, es recibir y es dar

A partir de entonces todo fue un proceso de reconstrucción para mí. Hoy es el día en que mi vida está limpia de esos grandes dramas con los que la rellenaba siempre y, por fin, queda algo de espacio para los demás. Nunca pensé que mi vida cambiaría tanto gracias al dharma ni que ahora me dedicaría a impartir cursos de escritura y meditación.

Quizá por eso ya no me da la gana seguir dando por hechas ciertas cosas que están ahí, que me sostienen aunque no me dé cuenta, que me transportan como la cinta de un aeropuerto a pesar de mis resistencias y mis miedos, de mi egocentrismo y de mi desdén, de mis mohínes de niña consentido. El tiempo pasa y hay una parte que pesa: la energía no es la misma, el impulso sube y baja, la rutina pugna por abrirse paso incluso en la práctica de la meditación… El tiempo pasa y deja un poso: añoranzas, gente que desaparece de nuestras vidas, que enferma y muere, otros que nacen y crecen a velocidad de vértigo, recuerdos de todos los colores…

Pero ocurre que el tiempo no existe. Mi maestra está conmigo aún en cada retiro, pero ¿acaso no lo están también su maestro Khenpo Rimpoché y tantos otros que han hecho esto posible? Yo he aprendido un huevo, pero no es el tipo de aprendizaje en el que uno avance hacia a algún sitio a lo largo de un lapso dado. De hecho, sigo encontrándome al otro lado del umbral, aunque empiezo a intuir que soy yo la que lo sitúo siempre un paso más allá (como el arcoíris), no vaya a ser que lo cruce y me dé cuenta de que no es sólido (como el arcoíris) y me abra por fin a la dulzura, vaya vértigo, oye. Pero ya sé que la única manera de avanzar es poco a poco, que lo otro es neurosis o afán de control o agredirte a ti mismo, y de eso ya sé demasiado. Quizá por eso este es el único aprendizaje del mundo en que uno se siente permanentemente un novato.

El tiempo no existe. El tiempo, su paso, su peso y su poso, son muy relativos Clic para tuitear

Quizá por eso cuando escribo estas cosas siempre me da por pensar en los que empiezan. Me dan ganas de decirles que los demás acabamos de aterrizar también. Que el tiempo, su paso, su peso y su poso, son muy relativos. Que no están solos. Que hay mucho esfuerzo y mucho amor labrados por muchas personas que les sustentan ahora mismo, sin que se den cuenta. Que las barreras y las resistencias las vivimos todos. Pero que, afortunadamente, son barreras y resistencias que (aunque ahora parezca lo contrario) no pesan, porque no existen. Como el tiempo.

Mi maestra siempre dice que no hay prisa, pero tampoco tiempo que perder. Y es que aunque el tiempo no exista, lo que sí existe es la posibilidad de mirar directamente nuestra mente y hacernos conscientes de la insustancialidad de nuestras fabricaciones mentales. Y a mí, quizá porque me lo he hecho pasar tan, pero tan mal, me da por gritar con todas mis fuerzas que no es necesario dilatar el sufrimiento, que no le demos demasiada cancha a la desconfianza, que aprovechemos al máximo toda la fuerza, que está aquí y ahora, la de tantos seres —realizados o no— que han pasado por lo que nosotros estamos pasando y que nos regalan toda su experiencia, que nos señalan un atajo hacia la consciencia, que nos sostienen en sus brazos mientras nos quitamos las gafas de sol. Que, aunque solo sea por un instante, no lo demos todo por hecho y apreciemos ese regalo, porque abrirse a él es la única forma de hacerlo a nosotros mismos y, por supuestísimo, a los demás.

Aunque mi gratitud se queda pequeña en comparación con lo recibido, agradezco tanto a mi maestra su inmensa generosidad al dedicarnos su vida entera, y es que da hasta miedo decirlo. Siento una inmensa gratitud, asimismo, hacia el linaje, que es el que sustenta el dharma y lo va haciendo pasar, como una llave mágica, de generación en generación. También extiendo mi gratitud a mis compañeros, por esa sencillez con la que conforman un receptáculo amable, flexible y esponjoso que acoge las enseñanzas y va permitiendo que se filtren, sin descanso, hacia lo cotidiano.

Mi gratitud se queda pequeña en comparación con lo recibido, y esta gratitud es solo el comienzo de la devoción Clic para tuitear

Sé que esta gratitud es solo el comienzo de la devoción. Pero sé también que la devoción nada tiene que ver con la sumisión, sino con la apertura, el reconocimiento, y la capacidad para permanecer abiertos, con todos nuestros temores, ante la inmensa riqueza que el estado despierto, representado por todos los maestros, tiene que ofrecernos.

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3 comentarios
  1. Blanca 21/05/2019

    Isabel, maravilloso, gracias por ser mi compañera, me siento muy orgullosa de ti, sabes explicar tu sentir, experiencia Pura, como lo sentimos los que estamos en este camino, Lama Tashi nos guía y su sabiduría y amor se refleja en nosotros y en tí lo hace con todo su esplendor. Eres un gran receptáculo, como alumna y una gran maestra para todos los que còmo tù empezamos en cada instante sin medidas. Te quiero hermana. Un abrazo inmenso.

    Responder
    • Isabel Cañelles 23/05/2019

      Muchas gracias, Blanca :-). Me abruma un poco lo que me dices, pero también me conecta con el sentir de la sangha.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  2. Laura 04/06/2019

    Me gustaría entender más sobre esa tensión de la que hablas…

    Responder

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