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¡¡Horror, el error! Soy emprendedor/a

Prueba y error, diario del emprendedor

11 de Julio de 2019

Hace poco hablaba en un post sobre el esquema del perfeccionismo, que a muchas personas nos hace vivir para trabajar, más que trabajar para vivir, y nos mantiene en un estado de insatisfacción permanente.

Hoy quería comentar cómo afecta el perfeccionismo en el ámbito laboral, especialmente cuando eres emprendedor/a, que consiste, básicamente, en la prueba y el error.

¿Eres emprendedor/a?: la prueba y el error

La sensación continua es la de que nada está nunca lo suficientemente bien, lo que te genera una presión permanente, pues cualquier cosa que hagas será susceptible de mejora y nunca llegará al grado de perfección que te exiges.

Cuando eres perfeccioinista solo ves el error: ves lo que queda y no lo que avanzas, te quedas en lo superfluo, exiges a los demás que estén a tu nivel, no te dejas tiempo para vivir y no aceptas tus límites. Clic para tuitear

Enumero aquí algunos problemas que me crea este esquema, a los que me enfrento todos los días:

1. Pongo la mirada en el error. Cuando imparto un curso, cuando creo unos materiales, cuando estoy escribiendo un post, cuando diseño una estrategia, cuando envío un correo electrónico… solo veo los errores que estoy cometiendo, lo que me genera muchísima angustia y tensión, que a su vez puede llevarme al bloqueo. Da igual cuánto me prepare las cosas ni cuántas veces las revise; una y otra vez, mi mirada solo capta lo negativo.

2. Veo lo que me queda y no lo que he avanzado. El trabajo, visto con los ojos de un perfeccionista, no se acaba nunca, como el de Sísifo, cargando su piedra montaña arriba una y otra vez. Muchas veces, cuando estoy a punto de terminar algo que me había marcado como hito, me pillo mentalmente buscando todas las labores que se han quedado pendientes para poder terminar esa tarea. No importa lo que haga, porque siempre será mucho más lo que me quede por hacer. No es algo real, es una especie de compulsión mental. O, por decirlo de otro modo, es la forma en que mi mente fabrica su propio infierno particular.

3. Exijo a los demás que estén a mi nivel. Por supuesto, si tú tienes que ser perfecto, cómo vas a permitir que quienes trabajan contigo lo sean menos. O, si lo permites, estarás reprimiendo tu ira a todas horas. Además, dado que no te sientes nunca lo suficientemente bueno, por más que lo intentes, te será difícil imponer unas normas que tú mismo eres incapaz de cumplir. O sea, estarás en un callejón sin salida: ni puedes exigir unas cotas que tú no alcanzas, ni puedes dejar de exigirlas. El resultado, en mi caso, es que me resulta extremadamente difícil calibrar el grado de exigencia con respecto al trabajo de los demás, siempre peco de dejadez o de exceso de control, porque no me puedo fiar de mis percepciones distorsionadas.

4. Me sumerjo en los detalles superfluos. Cualquier tarea, por nimia que sea, se divide hasta el infinito en pequeños detalles ante la enorme lupa del perfeccionista. Hasta en mandar un mensaje de confirmación parece irte la vida. De ese modo, las energías de un día completo se te pueden ir en cuadrar los márgenes de un documento, mandarle las cuentas perfectamente clasificadas al gestor o corregir por décimosexta vez unos materiales. Mientras, tu cabeza no es capaz de abarcar ninguna otra cosa, por lo que al día siguiente te lamentarás de que se te han acumulado todavía más los quehaceres.

5. Opto por la desesperación antes que aceptar mis límites. Cuando no puedo más, me descorazono, y eso parece eximirme de operar dentro del margen de mis limitaciones. Ser responsable, paciente y atenta me cuesta una barbaridad. Me muevo en los extremos de lo inalcanzable y lo insoportable. El término medio de lo posible y realizable me pone enferma.

6. Me cuesta asimilar la crítica. Yo soy mi peor juez, de modo que si alguien critica mi trabajo, automáticamente convierto esa crítica en un reproche de tamaño mastodóntico imposible de deglutir. En lugar de aprender de mis errores y de la crítica constructiva, tiendo a macharme por no haber previsto las cosas de antemano. Me tomo las opiniones por el lado personal, dando el poder a los demás para validarme o abatirme como persona. Que en un grupo haya una sola persona que no esté totalmente satisfecha con mi desempeño puede amargarme un curso, e incluso afectarme durante semanas.

7. No tengo vida ajena al trabajo. El nivel de autoexigencia es tan alto que no puedo relajarme. Es difícil convivir conmigo y no me dejo ayudar fácilmente. Nadie puede quitarme mi montaña ni mi piedra ni mi agobio constante por no poder llegar a la cima. ¿Ocio? Me da alergia. ¿Viaje de placer? No sé lo que significa disfrutar plenamente de algo sin cargo de conciencia por no estar rindiendo en otra cosa que requiere mi atención urgente.

Te estarás preguntando cómo se puede vivir —o sobrevivir— así. Bueno, peor era cuando no me lo reconocía a mí misma y trataba de sostener la máscara de «qué bien me lo estoy pasando».

Estrategias para sobrevivir al emprendimiento

¿Que para qué sirve reconocerlo? Pues para no estar tan identificada con este patrón (ahora veo que «me pasa eso» pero no «soy» eso) y buscar estrategias para darle la vuelta.

Comparto aquí algunas de esas estrategias:

Acotar el tiempo, no rehuir las críticas, meditar o darnos espacio y tiempo son algunas de las estrategias que nos ayudan a emprender sin desprendernos de la vida misma Clic para tuitear

1. Acoto el tiempo. Llevar una agenda apretada tiene sus ventajas para los perfeccionistas. Por ejemplo, solo tengo dos horas para escribir este post. Eso me hará no enredarme en los detalles y conformarme con lo que dé de mí en ese tiempo. De la misma forma, semanalmente preveo cuánto tiempo dedicaré a cada tarea. Aunque puedan surgir modificaciones, trato de atenerme a los tiempo marcados, sin dejarme mucho espacio entre medias para criticarme por ser tan chapuzas.

2. Les pregunto a los demás y confío en su criterio. Como sé que mi mirada está distorsionada por el esquema del perfeccionismo, pregunto a los demás qué opinan sobre mi trabajo. El 95% de las veces, su mirada es mucho más benevolente que la mía, lo que me alivia una barbaridad. Tengo que esforzarme por darles crédito, en contra de mis percepciones, pero acabo haciéndolo. Cuanto más me ejercito en ello, más fácil me resulta.

3. No rehúyo las críticas, aunque me cueste. Al terminar cada curso pregunto a los/las alumnos/as qué les ha parecido el curso, y les envío una encuesta de satisfacción. Aunque sé que algunas cosas me dolerán, las escucho y leo con mucha atención y doy las gracias, sin tratar de justificarme. Poco a poco, me voy dando cuenta de que no se acaba el mundo y de que no le tengo por qué gustar a todo el mundo. Y que eso —que lo que hago no le guste a todo el mundo— no me hace una persona detestable, solo un ser humano como cualquier otro.

4. Medito y presto atención. Meditar es el arte de la no evasión. En vez de vivir en un mundo de fantasías en el que soy la reina de los mares o el ogro de las cavernas, veo en mi día a día las tendencias que me arrastran (o por las que me dejo arrastrar) sin poner el grito en el cielo. Aunque sigo cayendo en la desesperación, me hago consciente de que lo que me lleva a ella no es real, sino que son los propios espejismos de mi mente, esa ilusionista increíblemente astuta que también me lleva, en otros momentos, a conectar con mis alumnos/as y servir de canal sin que exista obstrucción alguna.

5. Abro espacios para descansar, hacer ejercicio, estar con otras personas, comer bien. A veces he de hacerlo a punta de machete, porque estoy tan identificada con la controladora perfeccionista que parece que si gasto tres horas en ir a entrenar se va a acabar el mundo. Luego, cuando salgo del entrenamiento, los árboles están más verdes, mi mente más espaciosa, y se me hace evidente que tengo que descansar, comer, relacionarme… En dos días tenderé de nuevo a no encontrar huecos para esto. Pero poco a poco las cosas caen por su propio peso, en incluso la perfeccionista controladora se da cuenta de que solo regando el jardín crecerán las flores.

6. Sigo el consejo de mi hijo Ari. Junto a mi escritorio —donde trabajo— tengo un par de sofás y una mesita, un lugar acogedor donde tumbarse a leer o a no hacer nada. Sin embargo, para mí ha sido como si no existiera. Una vez, hace unos meses, mi hijo Ari me dijo: «Mamá, una vez al mes tienes que tumbarte una tarde entera en el sofá». A mí casi me da un pasmo. «¿Estás loco? ¡Una tarde entera!». Sin embargo, ahora ese espacio ha dejado de ser invisible para mí. Me recuerda cómo ha tenido que verme mi hijo de doce años para decirme eso. Todavía no he llegado a estar una tarde entera, pero procuro darme mis descansos en el sofá antes de llegar a la desesperación.

7. Practico la creatividad en mi trabajo. El esquema del perfeccionismo es muy cerrado, como el de un buey que arrastra el arado interminablemente sin cuestionarse nada. Sin embargo, la creatividad hace que la torre de control salte por los aires. Incluso si tengo que escribir un mensaje rutinario y utilizo una plantilla, procuro usar la creatividad en alguna medida. Me imagino a la persona o las personas que estarán recibiendo el mensaje, me permito un guiño, me abro al sentido del humor… O si tengo que diseñar una estrategia, en vez de ponerme en plan ceñudo y solemne, hago una lluvia de ideas, me permito plasmar locuras, anhelos, divagaciones. Y si veo que estoy demasiado obcecada en algo como para ver con claridad, dejo esa tarea en el aire, en suspenso, para que el sueño o la relajación hagan su efecto y pueda mirarla al día siguiente, o al cabo de dos días, con nuevos ojos.

De este modo, practico en la cuerda floja del perfeccionismo y me doy muchos trastazos, supongo que como nos pasa a muchos emprendedores. Me encantaría ser perfecta incluso a la hora de permitirme ser imperfecta. Pero no lo soy. Así que solo me queda seguir aprendiendo de mis errores, aunque me duela cometerlos.

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