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LOS ESQUEMAS MENTALES II (LA CARENCIA)

La carencia- Niña escondida en una caseta

 

29  de octubre de 2018

La desesperación de no ser

Según Tara Bennett-Goleman, la frase que resume la creencia del esquema de carencia es «Mis necesidades no serán satisfechas». Este esquema se desarrolla en la infancia cuando uno o ambos padres están tan ocupados —ya sea con su trabajo, sus propias miserias, con algún problema psicológico o alguna preocupación constante— que sencillamente no perciben o no se preocupan por las necesidades emocionales de su hijo o hija.

Recuerdo mi afán por hacerme invisible de pequeña. La desesperación de «no ser».

Recuerdo mi afán por hacerme invisible de pequeña. Me refugiaba debajo de la mesa camilla, detrás de las puertas, en los armarios, en cualquier lugar donde no se me viera, pues ahí experimentaba el alivio de no ser un problema para unos padres sobrepasados, junto con la angustia de no ser vista ni tomada en cuenta. La desesperación de «no ser».

En los adultos, el esquema de carencia nos vuelve hipersensibles a los signos de que no se nos toma en consideración, particularmente en el seno de las relaciones más próximas. Las personas con este esquema pueden sentirse irascibles cuando sus necesidades son ignoradas. Esa ira, a su vez, esconde un sentimiento subyacente de soledad y tristeza.

El rechazo de quienes tienen alrededor puede hacer que la persona pierda toda moderación, comiendo o gastando de más en compensación de su necesidad real

El alimento emocional

Al margen de cuánto den los demás a las personas con carencias subyacentes, a estas nunca les parece suficiente, lo que crea un sentimiento de rechazo en quienes tienen alrededor. Según Bennett-Goleman, esto puede hacer que la persona pierda toda moderación y gaste más de lo que puede o coma de más, en un intento de darse a sí misma la atención que anhela de los demás. Sin embargo, nada de eso compensa la necesidad real: el alimento emocional.

Para mí este esquema está muy relacionado con la ansiedad y con las adicciones. Beber, fumar, comer, trabajar, tener una relación tras otra… Cualquier cosa para calmar ese vacío en el estómago y en el alma. Y da igual lo que hagan por nosotros, porque ese vacío es imposible de llenar. Personalmente, la única forma de calmarlo es sentarme en postura de meditación y llevar la atención a la sensación física de ansiedad en el estómago, a la necesidad emocional de salir corriendo para llenar el hueco aunque sea con agua hirviendo. Eso me hace consciente de que es solo eso: una sensación física; solo eso: una emoción. No es una verdad absoluta. No hay ninguna realidad que las sustente. Solo es un hábito persistente.

Para mí , la única forma de calmar esa ansiedad es sentarme en la postura de meditación y ser consciente de que solo es eso, una sensación física, una emoción

Muchos niños que crecen con falta de cuidados por parte de sus padres aprenden, por contraste, a proveer a los otros de la atención que a ellos les faltó y actúan como cuidadores, a su vez, del padre poco atento.

A pesar de que esa estrategia les ayuda a abrirse camino hacia la edad adulta, el hábito aprendido de ser siempre el que se preocupa por los demás les crea problemas de mayores, pues rara vez revelan sus propias necesidades. Incluso pueden sentirse fácilmente culpables por no hacer lo suficiente, por mucho que estén haciendo. Necesitan desesperadamente la atención que están brindando a los demás pero, temiendo no obtenerla y sintiéndose demasiado vulnerables si revelan esa necesidad, exhiben una fachada de dureza, de alguien que no necesita que nadie cuide de ellos.

A veces, este tipo de personas orientan sus carreras a «ayudar»: trabajo social, enfermería, psicoterapia… Cuando esa necesidad de ayudar está dirigida por un esquema, puede volverse en contra, particularmente si esa persona se presiona por hacer tanto que, al final, se auto-inmola.

Me veo perfectamente reflejada aquí, con mi trabajo como profesora, en el que he tendido siempre a volcarme demasiado, y a nunca considerarlo suficiente. Cuando un alumno tiene una queja, armo un drama interno, y a veces externo. Y si alguno decide marcharse, ya no te digo nada. Me responsabilizo como la madre amorosa que me habría gustado tener, y a veces soy incapaz de poner límites a situaciones que acaban siendo dañinas.

Con los años y al irme haciendo consciente de esto, procuro no llevarme al extremo y, sobre todo, no manipular las situaciones hasta hacerme dependiente o provocar dependencia. Pero es una labor de atención constante y frecuentes resbalones. Afortunadamente, trabajar con la consciencia  en las clases hace que hasta los esquemas sean material reciclable que se aprovecha como la leña para encender la hoguera en un entorno cálido de sanación.

La distorsión del ignorado

Quien sufre el esquema de carencia distorsiona cualquier signo que pueda ser interpretado como que está siendo ignorado. Esto pueda llevar a que esta persona se sienta decepcionada por algo que ha hecho alguien que normalmente es cariñoso, e ignorar las evidencias de que dicha persona siempre ha estado presente cuando la necesitaba. Esto lleva a un reguero de decepciones crónicas en todas las relaciones.

Cuando das tanto, ¿cómo no vas a sentirte defraudada por los demás? Todo por no arriesgarme a cualquier muestra de que me ignoran

Cuando das tanto, ¿cómo no vas a sentirte defraudada por los demás? Es como si —en muchas ocasiones— no dejase ni siquiera que se manifestase la generosidad y apertura ajenas: o antepongo mis exigencias, o antepongo mis dádivas. Todo por no arriesgarme a cualquier muestra de que me ignoran.

El otro día, en un curso que coordino y al que acudo frecuentemente, una de los participantes no se acordaba de mi nombre. Sentí una punzada en el corazón como si me lo hubiera atravesado de lado a lado. Y, aun sabiendo que no era más que un despiste y no un signo de indiferencia, me generó un rechazo inmediato hacia esa persona. Por fortuna, el propio trabajo que hicimos en el curso desató el nudo. Pero este tipo de situaciones me saltan a la cara constantemente.

Quienes nos reconozcamos en este esquema,hemos de hacernos conscientes(…)la tendencia a distorsionar la manera en que se interpretan las acciones de los demás.

Quienes nos reconozcamos en este esquema, hemos de hacernos conscientes de la manera en que nuestras necesidades de cuidado dieron forma a nuestras relaciones, y de la tendencia a distorsionar la manera en que se interpretan las acciones de los demás. Emocionalmente, podemos necesitar dar salida a la tristeza de no haber recibido suficiente cuidado o atención cuando eramos niños. Podemos también empezar a comunicar nuestras propias necesidades clara y apropiadamente a los demás, o buscar a aquellas personas que están emocionalmente disponibles.

El otro día, hablando con mi hijo Elmo, salió a colación la casa en la que vivíamos cuando su padre y yo nos separamos, cuando él tenía cinco años. Él me decía que recordaba su habitación como oscura y triste. «Lo triste no era la habitación —le dije yo—. Los tristes éramos tu padre y yo. Todos estábamos tristes en esa casa». Me contó que, en el colegio, tuvo una amiga, Puri, que era una de las cuidadoras del comedor (de unos sesenta años) desde que tenía 3 años hasta que se marchó del colegio con 12 años. Cada día ella se acercaba a charlar con él. Y Elmo se sentía comprendido, visto y acompañado por ella.

En aquella época, con cinco añitos, le contaba: «Mis padres ya no se quieren. Viven en casas diferentes». Y ella lo consolaba. El esquema de carencia latía en aquella casa y en todos los miembros de la familia.El otro día, hablando con mi hijo Elmo, abrazándonos, aireando la tristeza que inunda nuestros recuerdos, exorcizábamos el poder que este esquema ejerce sobre nosotros.

(Basado en el libro Alquimia emocional, de Tara Bennett-Goleman).

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