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La desconexión: una mentira piadosa para no sufrir

La desconexión, corrientes subterráneas que fluyen y hacen su labor

2 de septiembre de 2019

Llevaba tiempo dándole vueltas a escribir un post sobre la desconexión, pero me resistía, porque creo que no hay cosa más difícil que «conectar» honestamente con la temática de la «desconexión», ¿no crees?

El caso es que es algo que me toca de cerca, ya que ha sido el mecanismo de defensa principal que mi cerebro ha usado para salvarme de los embates de la vida aunque, sobre todo, de mis propios embates.

Desconexión o ignorancia: un mecanismo para evitar el sufrimiento

Dentro de las tres tendencias generales en las que solemos estar envueltos (la ignorancia, el apego y el rechazo) la desconexión tendría que ver principalmente con la ignorancia, con esos espacios ciegos de nuestra experiencia en los que no sabemos —o preferimos no saber— lo que está ocurriendo. La desconexión nos evita en cierto modo el sufrimiento de comunicar con algo que se nos hace insoportable o que nos atemoriza, sea una situación externa que no estamos preparados para afrontar (como por ejemplo que alguien a quien queremos nos traicione) o una parte de nosotros que aborrecemos (como puede ser nuestra propia vulnerabilidad).

¿Y de qué desconectamos exactamente? Pues de la tensión o la energía o la carga emocional que nos provoca ese suceso. Sería como si nos desenchufásemos de la corriente, como si apagáramos el interruptor que nos mantiene conectados a nuestra propia vida. Mientras estamos desconectados, optamos por ser zombis a cambio de no sufrir.

Mientras estamos desconectados, optamos por ser zombis a cambio de no sufrir. Clic para tuitear

No voy a juzgar si es una opción mala o buena, porque a veces y a nivel relativo es sencillamente la única opción que nos mantiene vivos o cuerdos y, por tanto, nos salva de males mayores. Otras veces tiene que ver con un mecanismo obturado que repite los mismos movimientos una y otra vez, aunque ya no se necesite para la supervivencia.

La desconexión como placebo: una mentira piadosa

Lo que sí querría señalar es que la desconexión (al margen de que pueda ser útil o no para nuestra supervivencia) no es real. Es mentira —¿una mentira piadosa?, ¿una especie de placebo?— que nos desconectemos, no tenemos esa opción. Lo que experimentamos en cada momento es lo único que hay y por más que queramos desenchufarnos o dejar de existir, lo cierto es que ahí estamos y nos están pasando cosas (en este caso abrumadoras o difíciles de afrontar para nuestra psique).

La ignorancia no es algo pasivo, sino que exige mucho de nosotros: pagamos un precio muy alto por cada cuota de ausencia. Clic para tuitear

Es decir, nos inventamos —e invertimos mucha energía en ello— que nos desconectamos de nuestro cuerpo y de nuestras emociones y así nos parece que sufrimos menos, pero nuestro cuerpo y nuestro corazón no han dejado ni por un instante de experimentar el dolor o lo que sea, de modo que la desconexión inflige a la larga —si la mantenemos— un sufrimiento extra, que es el de esforzarnos por ignorar una buena parte de nuestra experiencia. La ignorancia no es algo pasivo, sino que exige mucho de nosotros: pagamos un precio muy alto por cada cuota de ausencia.

Esto es algo que los que tendemos a desconectarnos (que somos todos en alguna medida) sabemos en el fondo, porque ese «saber» es lo único que nunca se extingue en nosotros, como seres conscientes que somos.

Aprendí esto cuando hace bastantes años me senté a escribir un relato sobre mi primera historia de amor y acabé escribiendo una novela de trescientas páginas en la que recreaba mi recorrido emocional en mis relaciones amorosas a lo largo de treinta años. De haber estado realmente desconectada, me habría sido imposible realizar dicha recreación. Para mi sorpresa (como me imagino que también experimentó Proust cuando escribió En busca del tiempo perdido, salvando las distancias ;-D), mi memoria guardaba todo lo que había ocurrido (no tanto los hechos detallados, sino su repercusión emocional en mí),

Hay un antes y un después de admitir que, por más que nos duela, estamos conectados con el mundo y con nosotros mismos. Clic para tuitear

Sin embargo, yo había permanecido ausente a todo eso que había estado experimentando, lo que me libraba de hacerme responsable de mis emociones y actuar en consecuencia. Trataba de actuar más bien en base a una persona inventada o pensada que yo creía ser (o que quería ser), mientras que todo eso que sentía de forma soterrada iba socavándome, haciendo túneles subterráneos donde se fraguaba el desastre.

La contradicción interna de estar viviendo dos verdades irreconciliables que no se tocaban entre sí fue lo que me empujó a escribir —a la desesperada— todas esas páginas a lo largo de un año frenético, y solo reconocer por fin todo lo que había sentido en cada una de mis relaciones, me reconcilió conmigo misma y supuso un alivio inmenso. Hay un antes y un después de admitir que, por más que nos duela, estamos conectados con el mundo y con nosotros mismos.

La desconexión: una corriente subterránea con vida propia

Mi tendencia a la desconexión sigue siendo muy fuerte, pero ahora ya sé que es ficticia. Aun cuando no tenga acceso a todos mis puntos ciegos, sé que hay corrientes subterráneas que están haciendo su labor, que me mantienen conectada en todo momento, lo que es inquietante y a la vez tranquilizador.

Llevo tiempo preguntándome qué hay por debajo de la desconexión, qué es lo que la activa y lo que la desactiva en mí. No he encontrado fórmulas mágicas ni respuestas absolutas, pero sí pequeños fogonazos muy personales que me ayudan a ir cambiando rutas neuronales y estableciendo nuevos empalmes.

Una de las cosas que he descubierto, y me dirás que es muy evidente, pero para mí no lo era, es que si estoy desconectada nadie (ni yo misma) me puede hacer conectar a la fuerza o por medios que tengan que ver con la agresión o la vehemencia. La única forma de que vuelva a conectar es recibir calor (de mí misma o de los demás), sentirme arropada, ser perdonada, tener espacio de sobra, la apertura de corazón.

Otra cosa que he descubierto es que debajo de mi desconexión hay una serie de creencias que actúan como disparadores, órdenes internas a las que doy crédito sin haberlas nunca cuestionado. Lemas como «Sentir es malo», «No te relajes ni un momento o te harán daño», «Pasa inadvertida, que nadie se dé cuenta de tu presencia», «No eres nadie», etc.

La escritura es una de las herramientas que me ayuda a bandearme con algunos lemas que me sacuden: en ella encuentro el alivio de abrir el grifo de las emociones. Clic para tuitear

Hay varias herramientas que me ayudan a bandearme con esto. La escritura es una de ellas, porque en ella encuentro el alivio de abrir el grifo de las emociones. Es un medio que se escapa a mi propio control y, por tanto, no me deja mentirme a mí misma, me mantiene conectada a lo que siento, muchas veces a mi pesar.

Algo parecido me ocurre con la meditación, cuyas pautas van encaminadas a que no tenga escapatoria: o me conecto, o no puedo seguir las instrucciones. Aun así, en muchas de mis meditaciones hay una atmósfera global de disimulo. Yo hago que estoy meditando mientras me dejo flotar en la desconexión, pasando inadvertida ante mí misma. O finjo que conecto con el soporte pero solo lo hago mentalmente. O toco el cable y lo suelto enseguida porque siento que me electrocuto.

La escritura y la meditación propician que me dé permiso para hacerme amiga de la enemiga, la desconexión. A abrazarla y darme cuenta de su insustancialidad Clic para tuitear

Lo bueno de estas vías es que propician que me dé permiso para hacerme amiga de la enemiga, la desconexión. Al no rebelarme contra ella sino abrazarla, me doy cuenta de su insustancialidad, se deshace entre mis brazos, y también las bases en las que se sustenta, simples pensamientos o ideas que van saliendo a la luz y que no tengo por qué creerme.

Mientras llevo la atención al soporte de la respiración, por ejemplo, recibo la orden interna de que no puedo relajarme en percibir lo que experimento (la sensación física de respirar) con intensidad, La intensidad parece sinónimo de la alerta o la tensión y antónimo de la relajación, que parece que solo puede ir aparejada a la evasión o la desconexión. Pero esto no es cierto, solo es una idea que me creo; al ver este tejemaneje con claridad, puedo dejar caer esa creencia; y al dejar que se desprenda la creencia, parece abrirse otro camino neuronal que me posibilita nuevas formas de actuación, y que activa patrones más positivos. La siguiente vez que medito, cuando percibo la sensación de que por más esfuerzos que haga no podré estar relajada y a la vez lúcida, es más fácil que me dé cuenta de que es una simple idea y, por tanto, su poder sobre mí será menor. Y así las carreteras por las que transito van cambiando su recorrido.

Todo esto puede ocurrir solo porque la desconexión no existe, así que lo único que hay que hacer con ella es dejar de hacer un esfuerzo ingente para mantener las ideas que sustentan su aparente existencia y necesidad.

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4 comentarios
  1. Maribel 03/09/2019

    Pues sí,la desconexión puede convertirse en tu demonio\dios. Con la enfermedad lo he descubierto, así que le doy la bienvenida cuando, sin avisar, aparece. Quiero estar consciente del proceso y el sufrimiento se atenúa o debilita cuando mente y cuerpo están desnudos. Sin maquillaje. Y lo bueno es q mis células lo perciben como algo que las sanas. Nos vemos pronto. Besos

    Responder
    • Isabel Cañelles 03/09/2019

      Gracias por la aportación, Maribel. Eres muy valiente de tomar la enfermedad como soporte. Mucho ánimo con ello. Un abrazo muy fuerte, y nos vemos prontito, sí :-).

      Responder
  2. Adela 05/09/2019

    Gracias, Isa, por esta reflexión tan clara. Yo también soy experta en disociarme o desconectarme, pero no me había dado cuenta de cómo, en realidad, es una ilusión. Eso me hace también sentir liberada y me ayuda en mi propio camino y en mi práctica como terapeuta. Un abrazo desde este lado del mar.

    Responder
    • Isabel Cañelles 05/09/2019

      Hola, Adela,

      Gracias por tus palabras. Me alegro mucho de que te hayan servido mis reflexiones :-).

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder

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