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La niña encerrada en el sótano

La niña encerrada en el sótano_Diario de emociones

En la misma línea que las últimas semanas, continúo leyendo el libro de mi querido (para mí es ya como un viejo amigo) Bessel van der Kolk. Voy por la página 300. Y aunque me apetece hablar de mi propia experiencia, prefiero antes hacer un recopilatorio de fragmentos del libro con los que me siento tan identificada que —a riesgo de que me acusen por robo de derechos de autor— quiero compartirlos con todas las personas que lean este blog. Por favor, si alguno/a de mis lectores/as se siente identificado/a a su vez con lo que aquí se dice, que se compre el libro, lo lea y actúe luego en consecuencia. La ceguera no es el mejor camino para dejar de sufrir.

[…] el tálamo funciona como un «cocinero», una antena que capta las sensaciones de los oídos, los ojos y la piel y las integra en la sopa que es nuestra memoria autobiográfica. La avería del tálamo explica por qué el trauma se recuerda básicamente no como una historia, un relato con un inicio, un desarrollo y un final, sino como huellas sensoriales aisladas: imágenes, sonidos y sensaciones físicas que van acompañadas de emociones intensas, generalmente de terror e impotencia.

En circunstancias normales, el tálamo también actúa como filtro o guarda. Esto lo convierte en un componente central de la atención, la concentración y los nuevos aprendizajes, todo lo cual se ve afectado por el trauma. Mientras lee estas líneas, puede que esté escuchando música de fondo, o el tráfico retumbando, o que sienta un leve mordisqueo en el estómago indicándole que es hora de tomar un tentempié. Si es capaz de permanecer concentrado en esta página, el tálamo le está ayudando a distinguir entre la información sensorial que es relevante y la información que puede ignorar tranquilamente.

[…]

Las personas con TEPT (trastorno de estrés postraumático) tienen las compuertas completamente abiertas. Al carecer de filtros, sufren una sobrecarga emocional constante. Para poder hacerle frente, intentan desconectarse y desarrollan una visión en forma de túnel y un hiperfoco. Si no logran desconectarse naturalmente, puede que recurran a las drogas o al alcohol para aislarse del mundo. La tragedia es que el precio que pagan por cerrarse incluye también cerrarse a fuentes de placer y de alegría.

(Pág. 76 y 77)

Al leer esto entendí tantas cosas… Entre otras, por qué he acabado con un trabajo que puedo realizar en casa (sola), por qué a mi casa le llamo mi «refugio», por qué tengo que dosificar tanto el quedar con amigos (un rato de charla me agota) ni puedo tener conversaciones superficiales (mi cerebro atraviesa cualquier tipo de superficie), por qué no puedo trabajar ni escribir con música de fondo (me distraería continuamente), por qué no suelo ir a exposiciones (me saturo al ver dos o tres cuadros), por qué me agobian las librerías o la feria del libro (demasiados libros, demasiados estímulos), por qué no aguanto las aglomeraciones o los conciertos, por qué al anochecer me recluyo —como las gallinas— y no contesto llamadas ni leo el correo… y hasta por qué padezco esta especie de extenuación permanente (que solo logro superar a base de tensión, estrés y adrenalina).

La meditación me ha enseñado que la atención es focal, de modo que la única manera de captar todos los estímulos con igual intensidad es cambiar el foco continuamente, todo un sobreesfuerzo

La meditación me ha enseñado que la atención es focal (solo es capaz de captar una sola cosa o estímulo cada vez), de modo que el único modo de captar todos los estímulos con la misma intensidad (por la disfunción en el tálamo) es cambiar el foco de atención rapidísimo de uno a otro… ¿os imagináis? Eso es un sobreesfuerzo mental y físico tremendo.

También he entendido por qué percibo detalles y matices (en mí y en los demás) que mi corazón no es capaz de asimilar. Tengo más lucidez que apertura de corazón (no van a la par en mí). Normalmente uno no ve ni oye lo que no puede asimilar; yo (y los que me acompañen en este padecimiento) lo veo y oigo todo. Carezco de los mecanismos de defensa de la percepción, del filtro del tálamo.

Para las personas que están reviviendo un trauma, nada tiene sentido, están atrapadas en una situación de vida o muerte, un estado de miedo paralizante o de rabia cegadora. La mente y el cuerpo se activan constantemente, como si estuvieran ante un peligro inminente. Se sobresaltan ante el menor ruido y se frustran con pequeñas irritaciones. Tienen el sueño crónicamente alterado y la comida suele perder sus placeres sensoriales. Esto, a su vez, puede desencadenar unos intentos desesperados de acallar estos sentimientos mediante la paralización y la disociación.

(Pág. 106)

Lo malo es no saber de dónde vienen ese miedo y esa rabia, de modo que uno se convence de que no los debería tener, los niega, y se van haciendo más y más grandes, como esos cocodrilos que según la leyenda urbana proliferaron hace años en las alcantarillas de Nueva York.

Lo malo de no saber de dónde vienen los miedos es convencerse que no los deberíamos tener y negarlos, porque así se hacen tan grandes como esos cocodrilos de las alcantarillas de Nueva York

En cuanto a la comida, muchas veces he pensado que no desarrollé anorexia de pura chiripa (muchos de los trastornos de la alimentación provienen de traumas infantiles). De pequeña no comía o, cuando me obligaban, tiraba la comida. Las cocinas siempre me han dado alergia y hasta hace muy poco (en que fui a un nutricionista) mi forma de comer era absolutamente descuidada. Siempre decía que si vendieran pastillitas nutritivas, como las de los astronautas, no perdería ni un minuto de mi vida en comer. Bueno, ahora sé por qué.

[…] las personas traumatizadas se sienten crónicamente inseguras dentro de su cuerpo: el pasado está vivo en forma de incomodidad interior constante. Su cuerpo se ve continuamente bombardeado por señales de alarma viscerales y, en un intento de controlar estos procesos, suelen volverse expertos en ignorar sus instintos y en adormecer la conciencia de lo que está pasando en su interior. Aprenden a esconderse de sí mismos.

Cuanto más intenta la gente perder de vista e ignorar las señales internas de aviso, más probable es que se apoderen del control y les dejen desconcertados, confusos y avergonzados. Las personas que no pueden sentir cómodamente lo que les sucede por dentro se vuelven vulnerables a responder ante cualquier cambio sensorial, ya sea desconectándose o con ataques de pánico: desarrollan miedo al propio miedo.

[…]

El precio de ignorar y distorsionar los mensajes del cuerpo es ser incapaz de detectar qué es realmente peligroso o dañino para nosotros e, igual de malo, qué es seguro o fortalecedor. La autorregulación depende de mantener una relación cordial con nuestro cuerpo. Sin ella, tenemos que depender de la regulación exterior (la medicación, drogas como el alcohol, la reafirmación constante o el cumplimiento compulsivo de los deseos de los demás).

(Pág. 108 y 109)

Esta disociación entre cuerpo, corazón y mente me ha llevado a cometer errores fatales en mi vida, sobre todo en cuanto a mis relaciones con los demás. Básicamente, si por dentro eres una niña aterrorizada, avergonzada y anulada, la mujer madura que trata de llevar una vida «normal» tiene que hacer enormes esfuerzos para mantener maniatada y amordazada en el sótano a esa niña que no puede parar de llorar. En segundo lugar, ha de inventarse quién quiere ser a base de razón. Y, en tercer lugar, ha de aparentar ante los demás, por imitacion, ser ese personaje que se ha inventado.

La disociación entre cuerpo, corazón y mente me ha llevado a cometer errores fatales en mi vida, sobre todo con los demás; ninguna relación puede estar equilibrada cuando se trata de un fingimiento continuo

Por otra parte, al inventarte a ti misma, también te inventas —de algún modo— a los demás, mediante el mismo mecanismo de fabricación racional. Fuerzas a las personas que te rodean a meterse en trajes que no les valen, te crees que son así y luego son asá. Confías en quien no tienes que confiar y los que te han demostrado estar ahí cuando los necesitas se vuelven invisibles para ti… En definitiva: ninguna relación puede estar equilibrada, porque se basa en un fingimiento continuo.

De esa debacle conservo unos pocos (muy pocos) amigos, a mi ex marido (a quien me une un vínculo familiar), a mis hijos y a mis alumnos/as… solo aquellos con los que he podido mostrar partes de mi autenticidad.

Me gustaría seguir incluyendo fragmentos, pero me estoy extendiendo demasiado por hoy. Quería terminar este post agradeciendo profundamente a Bessel van der Kolk la escritura de este libro, de una forma tan delicada, exhaustiva y apreciativa. Nunca pensé que me podría sentir tan apoyada y comprendida por alguien a quien no conozco, ni que a través de conocer y admitir mis disfunciones podría comenzar a reconciliarme conmigo misma.

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