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Post - Título oculto

La superficie satinada de mi iceberg

Un iceberg en medio del polo

12 de noviembre de 2019

 

Dedicado a mis valientes alumnas de Romper el Hielo y de Escribir y Meditar.

 

Soy un enorme iceberg. Y no es solo por el frío. Asoma la puntita nada más, pero intuyo muchas cosas por debajo, y eso me da miedo, como cuando uno se aleja demasiado de la playa nadando en el mar, y de pronto siente la inmensidad del océano debajo de su cuerpo. No me atrevo a mirar, prefiero seguir fascinada con la puntita, con la superficie satinada de las cosas. ¿Para qué ir más allá, admitir que la sensibilidad alcanza para percibir tantos detalles…?

Percibir los detalles

Se trata de un cúmulo de sensaciones inexpresables que me acompaña desde siempre, que posiblemente hasta configuren lo que veo en la superficie, pero a las que siempre me había negado el acceso. Ahora también me lo niego, pero percibo esa negación, como un tapón que no encaja en la vastedad del mar y que deja escapar a borbotones demasiadas evidencias.

Y entonces viene mi maestra y me pilla in fraganti. «Os estáis acomodando. Como ya estáis más o menos bien, ¿para qué ir más alla? —nos cuestiona—. Yo no puedo esperaros eternamente». Y una siente cómo el hielo se resquebraja por debajo de la minúscula montañita que cree que es, o que quiere creer que es. Y entra en una nueva fase del miedo. No quiero mirar ahí abajo. No quiero. Como un niño consentido que se agarra a la inútil ganancia de la queja y la pataleta.

Está el soporte de la meditación, que ya no es pensamiento sino percepción, y que hasta ahora me soporta, lo soporto, no lo soporto, yo qué sé. Y luego está esa distancia entre él y yo que me mantiene en la superficie de lo mundano, aferrada a la cómoda mezquindad del sufrimiento inútil, a las coordenadas conocidas de la existencia, a esa poderosa inercia o contractura heredada de la humanidad entera que me parece que es lo único que me sostiene sobre la Tierra. Y está la tentación de relajarme y permitirme contemplar sin restricciones esa inmensidad que intuyo por el rabillo del ojo y por el resquebrajamiento del hielo, por cómo aprietan los tapones que me pongo en los oídos cada vez que la lama abre la boca, mal encajados y a través de los que se cuela, en cuanto me descuido, la transmisión.

El flequillo tapa-mentiras

Y me doy cuenta de que no es que no pueda. Es que no quiero. El campo de exploración es demasiado grande, inabarcable. Estoy abocada al fracaso. En la superficie tengo, a pesar del frío y la soledad, mi minúsculo éxito asegurado, mi mentira que me arrulla como una nana. Con mi hijo Elmo, cuando tenía tres o cuatro años, teníamos un pequeño juego. Fue a raíz de su primera mentira. No me acuerdo qué me estaba ocultando, pero me acuerdo de que le dije: «Si lo llevas escrito en la frente». A partir de entonces, Elmo creía que su madre le leía los pensamientos. Cuando me estaba mintiendo, se tapaba la frente con las dos manos, y yo le decía: «Vamos a ver, Elmo, déjame mirar…». Cuando decía la verdad, se levantaba el flequillo y me enseñaba la frente diáfana. «Mira, mamá, no te miento», me decía. Y yo sabía, claro, que no me mentía.

Mi maestra me cuenta las maravillas de ser conscientes y yo aparento no saber de qué me está hablando. Es agradable oírla hablar de todo lo que podría ser... si pudiera serlo. Clic para tuitear

A mí me pasa lo mismo con mi maestra y, lo que es peor, conmigo misma. Me dejo un flequillo hasta la nariz y me oculto detrás de mi cara de póquer. Voy a los retiros y medito muy seria en mi casa. Soy una princesa disfrazada de pordiosera. Mi maestra me cuenta las maravillas de ser conscientes y yo aparento no saber de qué me está hablando. Es agradable oírla hablar de todo lo que podría ser… si pudiera serlo. Pero eso no está hecho para mí, o solo a pequeña escala. Lo suficiente para dar una imagen equilibrada a los demás. ¿Qué iban a pensar mis familiares y amigos si me lanzara de lleno a la exploración? ¿Que pasaría si tuviese una percepción desnuda de las situaciones, en toda su riqueza de detalles? ¿Cuál sería mi responsabilidad si comprendiese de una forma profunda a todos los que me rodean? ¿Dónde se quedaría lo políticamente correcto, mi pequeña y satinada parcela de éxito, queja y pataleta, cultivada con tanto esfuerzo en el hielo bajo el sol polar desde siempre?

Pero viene mi maestra de nuevo y me hace reparar suavemente en que me estoy tapando la frente con ambas manos, en que por debajo de mi vestido andrajoso y destrozado asoman bellísimos ropajes de texturas y colores inusitados, de que bajo mi montañita de hielo se oculta un territorio mágico e inmenso. Bajo su lupa paciente y certera, puedo sentir cómo el hielo se derrite, me fundo peligrosamente con el soporte y mi pequeña parcelita de autoengaño se tambalea sobre la inmensidad del océano. Me parece que voy a desaparecer, que no soportaré mi propia grandeza, me entra el miedo y me retraigo. No quiero sufrir, pero ¿quién es el guapo que es capaz de adentrarse en la verdadera felicidad? Vuelvo entonces a encerrarme en el mutismo, detrás de mi flequillo, y ni siquiera le digo a mi maestra lo que he visto con el rabillo del ojo, no vaya a ser que me invite, suavemente, a desprenderme de mi cada vez más microscópica parcela de éxito y sufrimiento, a comprometerme con todos aquellos que ni siquiera intuyen que su mezquino y solitario cacho de hielo no es más que un espejismo creado por su miedo a la inmensidad.

Hace falta mucho compromiso para no quedarse varada en la comodidad de lo malo conocido, en la hipnótica inercia del engaño, en la tersura de nuestra inexistente y estéril montañita de hielo. Clic para tuitear

Da un poco de vergüenza pensar que el budismo y todas las tradiciones auténticas no son más que un juguete fabricado para niños consentidos que se niegan a apartarse el flequillo de la cara y mirar, de una vez por todas, su propia frente, su verdad. Hace falta mucho amor y compasión para deshacer el hielo, para tocar esa herida en carne viva de la falsedad sufriente y premeditada en la que vivimos. Hace falta también tener una maestra con las agallas, el amor y la paciencia suficientes para ir dándote toques suaves, a lo largo de los años, hasta que ante tamaña entrega te sientes tan ridícula e hipócrita con las dos manos pegadas a la frente y tu cara de póquer, que casi te da más vergüenza seguir así que dejar caer por fin la costra del orgullo. Hace falta mucha confianza en esa maestro y en el linaje para asumir como propia la autenticidad de la transmisión y confiar en que, cuando una permita que el hielo se derrita por completo, eso no supondrá la aniquilación de parcela de éxito alguna, básicamente porque la sensación de poseerla no era más que fruto del aferro. Por último, hace falta mucho compromiso para sacar partido a todo lo anterior y no quedarse varada en la comodidad de lo malo conocido, en la hipnótica inercia del engaño, en la tersura de nuestra inexistente y estéril montañita de hielo.

Hacia el corazón mismo del iceberg

El amor y la compasión los tengo de forma natural y son, de hecho, los que me llevaron hacia mi maestra. Tengo a mi maestra, que dedica su existencia a maniobrar con unos niños caprichosos y remolones; tengo a mis compañeros de meditación, que me acompañan en el camino; y a todo un linaje que desde hace siglos se ha venido ofreciendo a los demás, de generación en generación, hasta llegar a mí. Eso debería, como mínimo, aupar un poquito mi agradecimiento hasta que se vaya convirtiendo en devoción. Tengo ojos, oídos, boca, piernas y brazos, y una frente maravillosa y diáfana que despejar. Tengo que poner, eso sí, algo de mi parte: el compromiso de no mirar siempre hacia otro lado y trabajar en vertical, tal y como me enseña mi lama, hacia el corazón mismo del iceberg; el compromiso de adquirir una disciplina de trabajo, el compromiso de ir a los retiros y de practicar en casa, de estudiar las enseñanzas y de reflexionar sobre ellas. El compromiso, en definitiva, de no desaprovechar todo este prodigioso engranaje especialmente construido para mí, de dejar de resistirme, al menos, a lo que en el fondo sé: que si no me quito el disfraz de pordiosera es porque no quiero renunciar a la evasión. Que tengo la capacidad y, por tanto, la responsabilidad, de indagar y explorar, de ir atravesando fronteras y no quedarme atascada en el umbral más que lo estrictamente necesario para coger fuerzas y coraje, dar el salto y comprobar, así, que no se ha acabado el mundo, que simplemente otro cacho de hielo se ha fundido con el océano y mi estúpida parcela se va agrandando y uniendo con la de todos los seres, otorgándome cada vez más —y más auténtica— riqueza.

Tengo que poner algo de mi parte para adquirir el compromiso de no desaprovechar todo este prodigioso engranaje construido para mí, dejar de resistirme a lo que sé: no me quito el disfraz de pordiosera por no renunciar a la evasión. Clic para tuitear

Agradezco a mi maestra Lama Tashi Lhamo, a su maestro Khenpo Tsultrim Gyamtso Rimpoché, a mis compañeros de meditación y al linaje su siempre benéfica influencia, y dedico el mérito que haya podido generar con estas palabras a todos los seres que sufren el espejismo gélido e inerme de la existencia condicionada, para que puedan alcanzar algún día el cálido y sabroso despertar de la consciencia.

 

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8 comentarios
  1. Flor Cuesta 12/11/2019

    Querida Isabel,
    Acabo de leer el post. Me encanta lo que dices y cómo lo dices.
    Espero que un día, alguna vez, podamos coincidir.

    Responder
    • Isabel Cañelles 12/11/2019

      Gracias, Flor, me alegro de que te guste :-). Yo también espero que podamos coincidir.

      Un abrazo,

      Isa

      Responder
  2. Maribel 12/11/2019

    Qué linda eres, Isa. Aquí estoy, esperando pasar la última prueba dentro de unas horas y saber que, al menos, mi cuerpo está sano. La Impermanencia ha logrado derribar mis muros y hacerme salir del confort del personaje construido desde la infancia. El autoengaño para no sufrir. Así que en estas horas previas a la sentencia miro directamente al miedo y trato de estar en su energía sin hacer nada. Bueno, eso sí, me he tomado una tila. Jajaa. Besitos,compañera.

    Responder
    • Isabel Cañelles 12/11/2019

      Ojalá ya todo haya pasado, Maribel.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  3. Maricela 14/11/2019

    Isabel¡
    He mirado el post el día que lo publicaste y es sorprendente como resuenan las palabras en el cuerpo, cada día es un aprendizaje y sentir es un estado de gratitud para darse cuenta en que punto en mi caso estoy.
    Un abrazo enorme.

    Responder
    • Isabel Cañelles 14/11/2019

      Hola, Maricela,

      Muchas gracias por tus palabras, eres un amor :-).

      Un abrazo grande,

      Isa

      Responder
  4. Harry 15/11/2019

    He tenido que esperar al amanecer para releer tu post, durante el día hay tanto trasiego…
    Ha sido d e l i c i o s o. Ver como describes lo que te pasa, ver como describes tu proceso meditativo y ver ese amor por la lama. Me daba la impresión de que solo tenías que relajarte y entregarte al Ser, dejar que te inunde con su amor, su silencio y su vacío. No hace falta esfuerzo…pues es él ( él ) el protagonista verdadero. No obstante hay tanta ternura en la descripción que se intuye el deshielo.

    Responder
    • Isabel Cañelles 17/11/2019

      Gracias, Harry, por leerme e interesarte en lo que cuento :-). Sí, lo del “no esfuerzo” y el relajarme no se me da muy bien, ya que tiendo a la tensión. Pero ahí estamos, en el camino 😉

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder

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