fbpx

Post - Título oculto

La transmisión de sentimientos

Transmitir sentimientos

Quizá la poesía es el modo más directo para la expresión de sentimientos. El autor transmite sus emociones a bocajarro, sin intermediarios, valiéndose de imágenes y melodía, en una lucha cuerpo a cuerpo con el lenguaje.

 En el relato breve la carga emocional vendrá especialmente de una buena construcción de la trama, de un trabajo en vertical con la selección de los hechos y los personajes. 

En la novela y en el cuento la transmisión de sentimientos resulta más indirecta, aunque no menos importante. En el relato breve la carga emocional vendrá especialmente de una buena construcción de la trama, de un trabajo en vertical con la selección de los hechos y los personajes.

En algunos casos, como en el de Borges, los cuentos bombardean en primer lugar la inteligencia del lector (y no el corazón); pero ese ataque armado a nuestro intelecto, hecho con mucha pericia, acaba tocando nuestros sentimientos (me estoy acordando de la inmensa tristeza que transmite, por poner un ejemplo, «La casa de Asterión»), pero siempre a través de un primer análisis intelectual. Los personajes de Borges van, vienen, asesinan o mueren, pero muchas veces ni sienten ni padecen, y solo a través del análisis de sus actos el lector «sentirá» algo.

 En una novela la transmisión de sentimientos tampoco se hace de autor a lector, sino a través de un narrador y unos personajes.

En una novela resulta mucho más difícil —por no decir imposible— sostener esa especie de inhumanidad afectiva de los personajes. Pero la transmisión de sentimientos tampoco se hace de autor a lector, sino a través de un narrador y unos personajes. Serán ellos los que pongan la carga afectiva.

En este sentido, se pueden cometer dos errores bastante comunes, creo yo. Uno es intentar usar la ficción como la poesía, para la transmisión directa de emociones, lo que lleva a una escritura autobiográfica al modo de un diario personal, sin ningún interés para un lector externo. El otro error consiste en todo lo contrario, en evitar a toda costa la expresión de sentimientos y usar el formato de novela o cuento para no pringarse afectivamenteExpresión de sentimeintos en narrativa

En una novela o en un cuento el que tiene que sentir es el personaje, claro. Pero como el autor (y luego el lector) ha de identificarse con el personaje, también ha de sentir lo mismo que él para poder expresarlo. Y eso a veces nos da muchísima pereza, además de que no resulta fácil llegar a captar un sentimiento concreto y, después, expresarlo con palabras, no para informar al lector sino para que el lector sienta lo mismo que ha sentido el personaje.

 El autor ha de sentir lo mismo que el personaje para poder expresarlo, no resulta fácil llegar a captar un sentimiento y expresarlo con palabras para que el lector sienta lo mismo que ha sentido el personaje.

No vale decir «Pedro sintió una mezcla de alegría y de tristeza con unas gotas de melancolía» o «Se sintió fatal»; con eso se informa al lector del sentimiento, pero no se logra una identificación. Así que muchas veces se puede ver cómo, cuando llega la hora de la verdad en que el personaje tiene que sentir algo provocado por sus actos o por los de los demás, el narrador corre un tupido velo y se traslada al día siguiente, a la semana siguiente o al año siguiente, para contarnos las consecuencias de un sentimiento que se nos escamotea

Como ejemplo de sutileza a la hora de plasmar sentimientos de una forma increíblemente matizada, extraigo este fragmento del relato «Estado de gracia», de Harold Brodkey, en que el personaje, a través del recuerdo de la figura de su madre, nos traslada sus contradicciones emocionales del presente

[…] a los trece años solo me preguntaba cómo era posible que una persona tan encantadora fuese también tan imposible. No sé de qué modo, pero mi madre se las arreglaba para que yo sintiese por ella mucho más odio que amor, pese a que en los momentos antes de que me entrara el sueño solía recordar su rostro, dejando que mi memoria empezase con la curvada suavidad de sus párpados para luego deslizarse a través de todo ese sutil juego de sombras y huecos y huesos, y el semirrecordado calor de su pecho, y acababa pareciéndome que esta visión de mi madre, siempre en pie, a media luz (probablemente tal como la había visto de más pequeño, y estando enfermo, tal vez, aunque en realidad no logro recordarlo), era tan bella a mis ojos como el dibujo de una alfombra persa inconmensurablemente antigua y gastada. En la visión, al igual que en la alfombra, yo era capaz de ir siguiendo las sinuosidades de las líneas, y experimentar así cierto innominado placer, pero aquello carecía casi de significado para mí, aturdido como estaba por los problemas que traía consigo el hecho de ser su hijo.

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicado. Los campos obligatorios están marcados como *



¿Quieres eprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños

¿Quieres conocer mis cursos?

¿Quieres aprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños