fbpx

Post - Título oculto

LA TRISTEZA FUNDAMENTAL

30 de septiembre de 2019

Hay un relato de Katherine Mansfield que me encanta. Se titula «El canario», y lo leí hace muchos años en un volumen de relatos titulado Antología del cuento triste. Lo que más me sorprendió fue que la voz narrativa, perteneciente a una viejecita jovial a la que se le ha muerto el canario (su única compañía en la vida), fuese cantarina y alegre pero, a la vez, transmitiera una inmensa tristeza. Ese contraste entre la vitalidad con la que contaba los recuerdos sobre su canario, y la honda tristeza que se filtraba a través de sus palabras, hizo que me guardara la historia en el fondo del corazón. El final del relato dice así:

Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?

 

En los momentos en que yo leí el relato por primera vez también sentía, como todos, esa especie de tristeza fundamental de la que habla la narradora. O, más bien, la sufría. La vivía como una herida siempre en carne viva de la que solo a base de desconexión lograba olvidarme. Pero cualquier tontería, una noche estrellada o el roce del sol en mi piel, me volvían a poner en contacto con ella. No quería que estuviese allí. La asociaba con la muerte, con la pérdida, con la soledad, con la nada. A fuerza de echarle tierra encima y taparla con hojas secas para poder pisar fuerte sobre ella, la tenía totalmente infectada. El pus abría caminos entre la tierra y, en el momento más inesperado, me saltaba a la cara. Nadie a mi alrededor se atrevía a mentar esa herida, ni la mía ni la suya. Era algo vergonzante. Por favor. Éramos ciudadanos respetables. Queríamos vivir en paz.

Heridas catapultadas

Mi maestra fue la primera que se atrevió a tocar esa herida durante tanto tiempo catapultada. Con sus palabras (o con lo que yo creía por entonces que eran sus palabras) apartó las hojas secas, excavó con delicadeza y desenfado, casi con alegría, sacó paladas y paladas de tierra y dejó la herida al aire, palpitante. Dolía tanto que creí que no podría soportarlo. Ella decía que era normal. Que era, incluso, una buena noticia.

A partir de entonces mi misión en la vida pasó de ser echar tierra y más tierra sobre ella a, cada vez que en la meditación tomaba contacto con mi corazón, ir a su encuentro, acogerla, abrazarla, darle besos, sentir su aspecto vital, cálido, palpitante. A veces lloraba de tanto dolor, y las lágrimas saladas avivaban el dolor, pero también la calidez, la ternura, la comprensión. Cuando miraba a los demás, veía sus respectivas heridas a través de sus sofisticados gestos de autoengaño, espejo de los míos. A veces, incluso, conseguía que nuestras heridas se tocaran, y entonces me sentía acompañada.

Una vez (en aquellos tiempos en que yo creía a cada instante que casi tenía dominada la meditación, como si la meditación tuviese la cualidad de dejarse dominar) le pregunté a mi maestra cómo, al tratar de extender el amor hacia los demás, podía fundir mi corazón con el corazón de mi madre, tan confundida como estaba la pobre, mientras que yo seguía la senda de la verdad. «Es el mismo corazón», me contestó, y se quedó tan pichi. «¿Cómo que es el mismo corazón?», le pregunté, asombrada. Y para mí: «Si el suyo está tan lleno de velos que ni logro divisarlo entre la niebla…». Y ella continuó: «No hay diferencia entre la calidez de su corazón y la del tuyo». Y yo pregunté, palpando en la oscuridad: «¿Por debajo de los velos?» (me refería a los velos de mi madre, claro, pero eso no se lo dije). «Por debajo de los velos», me contestó con dulzura. Era mi visión, por supuesto, y no el corazón de mi madre, la que estaba tapada —más que por velos— por unos tupidos cortinajes de orgullo e ignorancia. La respuesta de mi maestra descorrió las cortinas y abrió la ventana de golpe, permitiendo que entrara la luz y un viento de sabiduría que me dejó tumbada en el suelo.

He caído de espaldas tantas veces que he perdido la cuenta, y hasta disfruto de ese viento y esa luz que me golpean en la cara, que me voltean y me revuelcan como las olas del mar a un niño pequeño. Clic para tuitear

Desde entonces me he caído de espaldas tantas veces que he perdido la cuenta y hasta disfruto, en ocasiones, de ese viento y esa luz que me golpean en la cara, que me voltean y me revuelcan como las olas del mar a un niño pequeño. De hecho, cada vez veo menos diferencias entre mi persona y un niño pequeño.

Temblor: diálogo sobre la tristeza con Elmo

Hace alrededor de ocho años escribí este diálogo con mi hijo Elmo (que por entonces tenía seis años):

Temblor

Hoy han venido los niños de Barcelona, después de una semana con su tía Bego. Una semana en la que sus padres hemos aprovechado… para trabajar a destajo, para salir adelante día a día con la lengua fuera. Aparte de eso una noche, la de antesdeayer, me permití —por primera vez en el último año— venirme abajo, algo que solo se puede hacer sin niños. Me puse un cedé que me había regalado Germán hacía años y, por primera vez, lo escuché canción por canción. Lloré al ritmo de Otis Redding y de Velvet Underground, de Tom Waits y de Smog. Lo hice sobre el sofá rojo del salón de esta casa en venta, el mismo en el que se inició, hace alrededor de un año, un doloroso proceso de separación propiciado por mí.

Esta mañana hemos ido juntos, su padre y yo, a buscar a Elmo y a Ari al aeropuerto. No se puede explicar la sensación de abrazar a tus hijos después de una semana sin verles. La sensación física de tangibilidad. La premura psíquica de comprobar con los ojos pero, sobre todo, con el tacto y la presión, que están ahí, que existen o, al menos, eso parece. Hemos comido todos juntos en un chino, riendo con el anecdotario de su semana.

Por la noche, después de un día demasiado intenso, acuesto a los niños. Solo me queda comer los restos y derrumbarme en la cama. Antes, miro el correo en el ordenador. Aparece Elmo por la puerta tapándose la cara.

—¿Qué te pasa, amor? —le pregunto.

—Tengo pesadillas —me dice, con cara de angustia.

—Acuéstate en mi cama, cielo.

Elmo se va al dormitorio y yo sigo un rato al ordenador. Luego me dirijo a la cocina. Paso por el dormitorio y veo a Elmo atravesado en la cama, revolviéndose.

—¿No te duermes? —le pregunto, sentándome en el borde.

—Mmmno —dice Elmo.

—A ver, ponte bien… —le coloco—. Así.

Elmo se acurruca junto a mí.

—He estado llorando un poco —me dice.

Me tumbo junto a él.

—¿Por qué, cielo? ¿Qué te pasaba? —le acaricio el pelo, con cuidado de no tocar el flequillo engominado.

—No sé —dice, mimoso.

—¿Echas de menos a Bondi?

Elmo niega con la cabeza.

—No es eso. Estoy triste.

—¿Estás triste? ¿Por qué, mi amor?

—Porque quiero que papá y tú estéis juntos.

A mí se me pone el corazón en la garganta.

—Ya, cosita, ya lo sé… Lo siento mucho.

Le paso las yemas de los dedos por la columna vertebral, arriba y abajo, arriba y abajo. Se me escurren las lágrimas por el rabillo del ojo hacia la almohada.

—¿Sabes qué? —le digo, bajito, susurrando—. Sé que lo has pasado muy mal. Pero es mejor que haya sido así.

—¿Por qué?

—Porque papá y mamá no se entendían, y todos lo pasábamos fatal. ¿Tú te acuerdas de que mamá antes se enfadaba mucho más?

—Sí. Con nosotros.

—Sí. Con vosotros. Y con papá. Y con el mundo. ¿Tú crees que ahora papá y mamá están más contentos?

—Sí.

—¿Y tú no estás contento cuando papá y mamá están contentos?

—Sí. Pero también estoy triste.

Mi mano sigue acariciándole la espalda, el cuello, la zona del nacimiento del pelo. Las lágrimas siguen resbalando hacia la almohada con su triste ritmo de blues.

—Es normal que estés triste, Elmo —le digo—. Te gustaría tener a papá y a mamá a la vez, ¿verdad?

Elmo asiente.

—Cuando estoy en casa de la abuelita Berta, en la habitación —dice, muy bajito—, veo las fotos que tiene allí colgadas, en las que estáis vosotros, conmigo. Y también lloro.

El ritmo de mis lágrimas se hace más rápido, y se forma un laguito en un valle de la funda de la almohada.

—Yo quiero muchísimo a papá, Elmo —le digo—. Me parece un tipo maravilloso, y ya lo ves, nos llevamos bien. Pero cuando estábamos juntos no nos llevábamos bien.

—¿Por qué?

—No lográbamos entendernos ni comunicarnos. Lo intentamos, ¿eh? Pero a veces la vida es así. No salen las cosas como uno quisiera. Y a mí eso también me pone triste a veces. Y también me acuerdo de cuando estábamos todos juntos. Y también lloro.

Mis dedos recorren los brazos de Elmo y se estremece. El contacto físico le genera —como a mí, como a su padre— placer y aversión a un tiempo. Cosas de infancia que se arrastran toda la vida.

—¿Sabes qué? —le digo al oído.

—Qué.

—Que me alegro mucho de que me hayas dicho esto.

—¿Por qué?

—Está muy bien decir las cosas. Cuando las dices es como si fuesen menos terribles. Es normal que estés triste a veces, mi amor. Es normal que quieras que las cosas sean de otra manera. Eso significa que estás vivo. Esa tristeza es buena. Otras veces, cuando estás alegre, estás muy alegre.

Le paso la mano por la mejilla y nos miramos a los ojos. Los suyos parecen dos avellanitas flotando en un mar en calma.

—Me gusta mucho cómo eres, Elmo —le digo.

—¿Por qué?

—Porque estás vivo. Porque no estás atontado. ¿A que muchos niños de tu edad están atontados?

Elmo me mira y asiente con la cabeza, como si compartiéramos un secreto por primera vez desvelado.

—Pocos niños son capaces a los seis años recién cumplidos de decir lo que me has dicho tú. Muchos no se enterarían ni siquiera de que están tristes, y mucho menos de por qué. Tienes mucha suerte de saberlo. Y de saber decirlo.

Elmo bosteza.

—¿Cómo estás? —le pregunto.

—Sigo triste.

—Yo creo que mañana estarás mejor —le digo—. ¿Me das un abrazo?

Nos abrazamos. Siento su cuerpo delgadito, firme.

—¿Quieres que me quede un ratito más o me voy a cenar? —le pregunto.

—¿Tú qué quieres?

—Yo tengo hambre, pero si estás mejor conmigo, me quedo.

—Puedes irte a cenar —me dice, sereno.

Pero no me voy. Elmo bosteza y cierra los ojos. Yo no dejo de mirarle, perpleja. Una última lágrima cae sobre la mancha oscura en que se ha convertido el lago sobre mi almohada. Por fin me levanto y voy a la cocina. Tiemblo un poco, por fuera y por dentro. Me apoyo en la mesa con ambas manos. Me acuerdo de una conversación que tuve con mis alumnos el miércoles pasado por el chat, a raíz de la lectura del relato “El hombre que ríe”, de Salinger. Hablando de la decepción del narrador ante la caída del ídolo, yo decía: «Es como si vas en un avión, todo confiado, y de pronto te enteras de que quien está pilotándolo es el pato Donald». Lo malo es que todos somos el pato Donald. «Tiemblo —les decía— al pensar en el día en que mis hijos descubran quién ha estado pilotando su avión». Lo que no sabía era que la evidencia de eso llegaría unos días después.

Me pongo a sacar los cacharros del friegaplatos, a ver si se me pasa el temblor.

La bodichita, herida fundamental e íntima

Esto conecta con esa tristeza de la que te quería hablar. Con esa herida infectada que mi maestra se atrevió un día a tocar en mí y que mi hijo ya era capaz con seis años de sacar al aire sin que supurase. En cierta ocasión, Ari Goldfield habló de esa herida, de esa tristeza fundamental e íntima de la que también habló Katherine Mansfield, quien no tuvo ningún vínculo con el budismo, en el siglo pasado. Ari la llamó bodichita, nos enumeró sus efectos benéficos y nos animó a entrar en contacto con ella, no tanto como quien acaricia a un niño sino, más bien, como un niño que se deja acariciar por ella. Ella es la madre, y nuestra capacidad para no salir huyendo es el hijo. Y el maestro, transmisor de las enseñanzas y representante del linaje, el reflejo vivo de nuestra propia fortaleza para aguantar el tirón y descubrir, en el corazón mismo de la tristeza, de esa herida que tanto nos duele ahora, la alegría, el gozo, la felicidad. Todo y todos somos un mismo corazón. No hay diferencia. ¿Por debajo de los velos? Por debajo de los velos.

Todo y todos somos un mismo corazón. No hay diferencia. ¿Por debajo de los velos? Por debajo de los velos. Clic para tuitear

Esto puede parecer un escrito triste, pero no lo es. Es un escrito de gratitud. De gratitud a esa persona, espejo mío como la luna que se refleja en el agua, que un día se atrevió (animada por sus maestros y por la línea de transmisión) a tocar esa herida en carne viva que yo ahora ya puedo palpar, discretamente, en todos los que me rodean. Esa herida de la tristeza fundamental que es la bodichita, cálida, luminosa y abierta, que es nuestra madre y en cuyo interior reposa, esperando a que nos atrevamos a reconocerla y a abrazarla, la felicidad, trascendencia de toda división.

La mente: un espacio lleno de cachivaches

No es fácil ir a su encuentro, qué va. Son demasiadas vidas con el paso cambiado. Constituye enfrentarse a un espacio lleno de viejos cachivaches. Cuando me pongo a meditar, veo un calcetín agujereado por aquí, una camiseta sudada perteneciente a vete a saber quién por allá, una tuerca perdida de una vieja maquinaria que hace tiempo que dejó de funcionar, un osito de peluche al que le falta una oreja, una rueda usada de neúmatico, cosas feas que me gustaría poder tirar a la basura. Pero no hay cubo de la basura en el espacio abierto de la mente. Siento un retortijón de miedo en el estómago, los pulmones ahogándose en tristeza, la angustia agarrada a mi gargante, diez generaciones de tensión apretando mis mandíbulas. Alguien que en medio de todo eso trata de mantener la compostura y que me dice al oído: «Esto es la calma». Otra voz que responde a lo lejos: «Pues si esto es la calma del ser humano, quiero reencarnarme en alienígena». No es fácil, claro que no. Y sin embargo está esa tristeza fundamental del niño que mira a la madre, de mi hijo diciéndome: «Sigo triste». De mí contestando: «Dame un abrazo. Mañana estarás mejor». Y entonces el calcetín, la camiseta, la rueda, la tuerca o el osito amputado ya no me parecen tan feos, se convierten en meras apariencias que me revelan que aquel espacio inconmensurable repleto de cosas (también pétalos de amapola, soles y lunas, aire fresco, abrazos estrechos y, casi me olvidaba, olor a azahar) nada tiene que ver con la muerte, con la nada, con la soledad, sino que me acuna como una madre a su bebé, gracias precisamente a esa tristeza fundamental que me une a todos los seres. Y entonces todo parece a punto de estallar, pero no pasa nada. Nunca pasa nada. Todo sigue ahí.

Por eso ahora, cuando leo a Katherine Mansfield, sé de qué está hablando, como todos los buenos escritores, porque el dharma no es patrimonio de los budistas.

En otro momento del relato la narradora cuenta:

Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar sólo para mí. Parecía que lo comprendiera…; algo que es nostalgia y sin embargo no lo es. O quizá el dolor de lo que uno echa de menos, sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos?

Ahora ya tengo un atisbo de lo que es eso a lo que tanto echamos de menos y que tanto nos duele, encerrados como estamos en nuestros patrones habituales. Eso que no está en un lugar diferente del dolor y la nostalgia. Como un niño que se tapa los ojos para experimentar la sensación de pérdida, y cuando se quita las manos, ahí está su madre, sonriéndole. Nunca se fue. Estaba ahí desde el principio. Pero el niño, por un segundo —en nosotros eterno—, creyó que la había perdido y se angustió.

Expreso mi gratitud a mi maestra y a todos los maestros, si no fuera por los cuales permaneceríamos ciegos a la belleza de esa tristeza fundamental que nos une y nos revela el camino al despertar Clic para tuitear

Expreso toda mi gratitud, pues, a mi maestra, que muestra con suma delicadeza a mi consciencia incipiente el camino hacia la espaciosa madre. Y a todos los maestros de todos los tiempos, si no fuera por los cuales muchos permaneceríamos ciegos ante la belleza de esa tristeza fundamental que nos une y, también, nos revela el camino hacia el despertar.

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
12 comentarios
  1. Soledad Román 01/10/2019

    Gracias Isa, por compartir tu tristeza con esa sinceridad y delicadeza tan tuyas. Al leerte he tenido la sensación de recibir el abrazo cálido de una amiga. La tristeza hace tanto tiempo que me acompaña que a veces me olvido de ella, como si así pudiera desaparecer, pero llegas tu y me la descubres de nuevo a mi lado, cálida, triste y silenciosa

    Responder
    • Isabel Cañelles 01/10/2019

      Gracias a ti, Sole, por desnudar tu tristeza (no solo ahora) y hacerme sentir, a mí también, acompañada.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
      • VeraC 10/11/2019

        Verdaderamente me encanta cada vez que encuentro alguna persona que me hace sentir que no estoy loca. Esta tristeza fundamental siempre la he vivido. Hoy por primera vez encuentro esa integridad que te mandas para tocar un tema que pocos tocan y te hacen sentir que vienes de otra galaxia; que eres un poco tonta en inmadura a tu edad; que te hiere como una lanza cuando escuchas o lees que dejes ya el drama y el victimismo.
        Gracias por reconocerte vulnerable y abrir este abanico de posibilidades de reconocernos en tu historia. 💯🌻✔🙋

        Responder
        • Isabel Cañelles 10/11/2019

          Muchas gracias, Vera, me alegro de que te reconozcas en el texto. Es una compañía :-).

          Un fuerte abrazo,

          Isa

          Responder
  2. Adela 01/10/2019

    Ufff, Isa, hasta las lágrimas me conmovieron tus palabras y, como Sole, me sentí acompañada y abrazada en ese corazón que nos trasciende y se expande y abarca todo. Del abrazo salió, además, el texto de hoy en mi blog. Gracias y muchos besos expansivos.

    Responder
    • Isabel Cañelles 03/10/2019

      Hola, Adela. Muchas gracias a ti por leerme y acompañarme 🙂

      Responder
  3. María Candelaria 03/10/2019

    Para mi,la tristeza es la contraposición de la alegría,es un sentimiento humano que nos embarga allá a dentro,algunas veces por motivos reales,otras por recuerdos..vivirla con conciencia puede producir malestar en el que no nos gusta estar pero cuando la miramos a los ojos nos damos cuenta que no es tan terrible,que expresar esa tristeza de cualquier forma ya sea pintando,cantando,llorando…la consuela y alivia.

    Responder
    • Isabel Cañelles 03/10/2019

      Gracias por tu aportación, María Candelaria :-). Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder
    • Mercedes González 08/10/2019

      Gracias Isa, por tu generosidad al compartir una emoción tan íntima, tan personal. Tu tristeza ha conseguido destapar un poco de esa mia, que a veces guardo bajo llave mucho tiempo, anestesiada, escondida en el altillo del desván para no tener que cruzar con ella la mirada. Me pregunto a menudo que sería de mi sin ella, porque cuando paso tiempo sin sentirla, la extraño, y la busco, abró albunes de fotos, escucho música, o veo pelís, y me doy cuenta que a veces lo más hermoso es lo más triste…

      Responder
      • Isabel Cañelles 09/10/2019

        Muchas gracias por tus palabras, Mercedes :-). Sí, a veces buscamos la tristeza premeditadamente, porque tiene un elemento muy empático y expansivo que nos hace sentir vivos y conectados con el resto de los seres humanos.

        Un fuerte abrazo,

        Isa

        Responder
  4. Lai 07/10/2019

    Hola Isa,

    Intenté ahogar los gritos de mi corazón pero al final no pude. Mi corazón bramaba que te escribiera, que ahora era el momento, que lo que has escrito era muy emotivo, delicado y bello, al leerlo, mis ojos se encharcaron de lágrimas que deslizaronse libremente formando un laquito en mi cama, con forma de amor, compasión, tristeza, alegría, de un sin fin de emociones desconocidas. Sigo vivo con mi amiga la tristeza. Gracias Isa por lo mucho que me aportas y los que me darás.

    Un fuerte abrazo mi querida Isa

    Responder
    • Isabel Cañelles 09/10/2019

      Hola, Lai,

      Gracias por tus palabras y tu corazón siempre abierto a sentir. Me alegro de que sigas vivo, aunque sea con la tristeza. Espero que la felicidad también te acompañe a ratos.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicado. Los campos obligatorios están marcados como *



veinte − cuatro =

¿Quieres eprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños

¿Quieres conocer mis cursos?

¿Quieres aprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños