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Limpiar la escena del crimen

Limpiar la escena de un crimen

Mi maestra de meditación usa una metáfora para prevenirnos de nuestras tendencias duales a la hora de sentarnos a meditar que me parece estupenda, y que se puede aplicar perfectamente a la escritura de relatos.

La metáfora se refiere a una escena de la película J. Edgar, basada en la figura histórica de John Edgar Hoover, el creador del FBI tal como se concibe en la actualidad. Al comienzo del film, el protagonista es un adolescente que reparte periódicos en Washington y, un día, presencia las actuaciones policiales ante un atentado ejecutado en plena calle. Los agentes —muy eficientes— acordonan la zona, retiran prestamente el cadáver, limpian con mangueras todo el desaguisado, y solo cuando el escenario del crimen está limpio como la patena el comisario decreta: «Bueno, pues ahora ya nos podemos poner a investigar». Evidentemente, esto hace tomar conciencia a J. Edgar, desde bien jovencito, de la imperiosa necesidad de cambiar los protocolos de actuación policiales si quiere resolverse algún caso de forma no casual.

Meditar es descubrir nuestra mente In franganti, observar atentamente sus mecanismos, velos e impurezas como único medio para poder contrarrestarlos

Mi maestra nos dice que, en numerosas ocasiones (por no decir siempre), actuamos de la misma manera con nuestra mente cuando nos ponemos a meditar. Encendemos la barrita de incienso, disponemos el cojín, nos sentamos en la postura recomendada, cerramos los ojos, ponemos cara de solemnidad, tratamos de relajarnos con una respiración acompasada o con una musiquita envolvente, limpiamos nuestra mente de cualquier impureza que provenga de nuestra inercia cotidiana y, solo entonces, nos «ponemos a meditar». Como si meditar no fuese precisamente descubrir a nuestra mente in fraganti, observar atentamente sus mecanismos, velos e impurezas como único medio para poder contrarrestarlos.

A la hora de escribir nos suele ocurrir exactamente lo mismo. Con mucho esfuerzo, hemos logrado dar a luz una ideita germinal para un relato: una situación curiosa mezclada con un personaje en conflicto, un argumento sorprendente, la atmósfera de extrañamiento propicia para investigar en una temática determinada…

Entonces nos sentamos delante del ordenador y, partiendo de nuestra incipiente idea, empezamos a configurar desde cero la historia sobre la pantalla en blanco: elegimos (muchas veces al azar) un tipo determinado de narrador, describimos el escenario donde se desarrollará la acción, presentamos a nuestro protagonista (que pasa de la inexistencia a la existencia como si sacásemos un conejo de la chistera o diésemos cuerda a un juguete mecánico), damos los antecedentes y explicaciones que procedan para que el lector entienda lo que le vamos a contar a continuación… y solo entonces pasamos, una vez que está todo aquello bien aseadito y amarrado, ya sí, a contar esos hechos sorprendentes que tanto nos había costado idear.

Nuestro afán de control sobre lo escrito, machacamos de antemano esa idea que habíamos tenido y propiciamos con ello una especie de aborto narrativo

Lo malo es que para entonces lo más posible es que al lector le haya dado tiempo a desconfiar de una voz narrativa arbitraria, preguntarse quinientas veces de qué diablos le estamos hablando, aburrirse mortalmente con un personaje anodino sin conflicto y desconectarse de un montón de explicaciones que, sin saber aún a qué se refieren, resultan totalmente superfluas.

Es decir, con nuestro afán de control machacamos de antemano esa idea —realmente maravillosa y gestada por nuestro inconsciente— que habíamos tenido y, en lugar de dejarla florecer, propiciamos un aborto.

Toda idea tiene un contexto, que es nuestra mente y que, por fortuna, nunca se detiene, todo personaje surge con su pan —su conflicto y su inercia, a veces añeja— debajo del brazo, todo argumento pide una voz, y toda voz porta intención. En definitiva, toda historia pide ser desvelada desde tiempos sin principio con delicadeza y amor, y no «confeccionada» desde cero con escuadra y cartabón.

Toda historia pide ser desvelada desde tiempos sin principio con delicadeza y amor, y no confeccionada desde cero con escuadra y cartabón

Cuando comenzamos a escribir un relato hemos de buscar, permitir y respetar —con máxima suavidad y escrúpulo— todas las marcas y efluvios que traiga nuestra idea con ella. Esas marcas son nuestra guía, las pistas que hemos de rastrear con máxima apertura y flexibilidad. A veces huelen a putrefacción o lo ponen todo perdido de vísceras. A veces el personaje llega a escena moqueando o con una pierna más larga que otra o con hemorroides. A veces el narrador es un gruñón de mucho cuidado.

El problema radica precisamente en que tratamos esas señales como si fuesen borrones, imperfecciones, temblores que nos hacen salirnos del rígido perfil que queremos —que creemos que hemos de— colorear. Lo que pasa es que antes incluso de ponernos a escribir hemos solidificado la idea, hemos estrangulado a nuestro personaje para que se estuviese quieto de una vez y hemos limpiado, a conciencia, la escena del crimen.

Es decir, no nos queda nada mínimamente auténtico e interesante sobre lo que escribir.

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3 comentarios
  1. Javier Peñas 28/09/2017

    Imposible decirlo mejor, Isabel; pero qué difícil es vivir (y escribir) sin sanear, o creer que lo hacemos, lo que nos avergüenza de nosotros.

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  2. Blanca 13/10/2017

    Me encanta tu claridad,. Mejor imposible. Totalmente de acuerdo en el paralelismo con la escritura y en definitiva con la vida. Gracias Isabel. Un abrazo.

    Responder
  3. Eusebio Pérez Infantes 18/10/2017

    Qué forma más bella y certera de entrelazar el Logos -la palabra guiada por el amor a la Verdad y a la Realidad- con la experiencia contemplativa.

    Responder

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