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Lo inefable en literatura

Lo inexplicable del arte, el detalle para distinguir el cielo

Martes, 5 de noviembre de 2019

Cuando comenzamos a escribir, caemos en el error de pensar que las palabras pueden expresar lo que queremos transmitirle al lector. Esta creencia, basada en el uso habitual que hacemos del lenguaje en nuestra vida diaria, empaña nuestra escritura durante bastante tiempo.

Escribir no es contarlo sin más

Si yo quiero una barra de pan, voy a la panadería y le digo al tendero: «¿Me da una barra de pan?». Él me entiende y me la da. Si quiero informar a mi amigo Tomás de que he perdido el trabajo, le digo: «Ayer me despidieron». Si quiero enterarme de las últimas noticias, leo el periódico. Es nuestra forma de comunicarnos unos con otros, así que lo normal es pensar que, si deseo expresar al lector cómo se sintió mi personaje cuando su jefe le llamó a su despacho para entregarle el finiquito, lo cuente sin más.

El arte no funciona así. El músico sabe que su oficio consiste en construir un templo en el oído del receptor en el que pueda encontrarse consigo mismo en un acto único y ritual. Clic para tuitear

Pero el arte no funciona así. Los músicos, por poner un ejemplo, tienen muy claro que su arte no consiste en comunicar cierta información a través de una serie de corcheas y semicorcheas, es decir, a través de unos signos musicales cuyo significado el oyente no tiene ni por qué conocer. Su oficio consiste más bien en —a través de un conocimiento y un uso profundo de sus herramientas, eso sí— construir un templo en el oído del receptor en el que este pueda encontrarse (o reencontrarse) consigo mismo en un acto único y ritual.

La realidad es inefable por naturaleza. Y el arte —el arte verdadero, me refiero, no el de consumo— es una vía de acceso a la realidad. Cuando contamos una historia las palabras, los hechos, las escenas, los personajes, la voz… la narrativa misma no es sino el fraseo envolvente con que embaucamos al lector para, por debajo, trabajar en un plano más profundo de su conciencia. Como dice Eloy Tizón: «Nuestra mesa de trabajo, como escritores, es la mente del lector».

El arte es una vía de acceso a la realidad: la narrativa no es sino el fraseo envolvente con que embaucamos al lector para trabajar en un plano más profundo de su conciencia. Clic para tuitear

La transmisión literaria: un plano más allá de la comunicación

Si mientras escribimos un relato nuestra intención está dirigida a contar unos hechos con la mayor precisión posible, estamos aún en el nivel superficial de la comunicación, y no en el de la transmisión literaria. Está muy bien aprender a hacerlo, porque es importante que al lector le parezca que queremos comunicarle unos hechos con la mayor precisión posible. Pero eso es una mera apariencia por la que el escritor —el artífice— no se ha de dejar engañar. Una vez dominada la herramienta, el siguiente paso será usar el embeleso («el sueño vívido de la ficción», como lo llamaba John Gardner) en el que tenemos sumido al lector para clavarle una estaca en el corazón.

Esa estaca de realidad es inexpresable y, sin embargo, es lo que el escritor ha de tener presente en todo momento. Todo lo demás es decorado, parafernalia imprescindible para acceder a lo importante pero, a la vez, completamente inútil, banal por sí misma. Hay una anécdota que se cuenta de Chogyam Trungpa Rinpoché, un célebre maestro budista, que ilustra muy bien este aspecto. Un día, para expresar lo que eran las enseñanzas, dibujó en una pizarra algo parecido a un pájaro y preguntó: «¿Qué es esto?». La gente dijo: «Una paloma», «una gaviota», «un pájaro»… Cuando se agotaron este tipo de respuestas, Turngpa Rinpoché dijo: «No; es el cielo».

Como escritores, hemos de ser expertos dibujantes de pájaros, pero a la vez conscientes de que eso no es sino la herramienta para que nuestros lectores accedan al cielo. Clic para tuitear

Como escritores, hemos de ser expertos dibujantes de pájaros, pero a la vez conscientes de que eso no es sino la herramienta para que nuestros lectores accedan al cielo. El cielo siempre está ahí, pero sin el pájaro se hace invisible a los ojos humanos. Solo sabemos percibir las cosas por contraste, por oposición. El cielo, la espaciosidad, la realidad… no se puede nombrar; nuestra única vía de acceso a ello son los pájaros, las nubes, los aviones.

Trabajar con atención y habilidad el detalle, la filigrana, el adjetivo, lo concreto, el punto y la coma sin perder la conexión en ningún momento con la inmensidad, con el misterio, con lo inexpresable que todo lo impregna, es nuestro duro pero maravilloso entrenamiento como escritores.

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6 comentarios
  1. marusela 06/11/2019

    Qué pedazo de artículo, Isa. Decir que me ha encantado es quedarme muy corta. ¡Precioso!
    Graciassssssss

    Responder
    • Isabel Cañelles 14/11/2019

      Muchas gracias, Marusela 🙂

      Responder
  2. Berta Ascanio 06/11/2019

    Por eso es más importante el sentimiento que transmite el autor que la historia que cuenta. En este sentido, Albert Espinosa es un genio.
    Me ha encantado el artículo.

    Responder
    • Isabel Cañelles 14/11/2019

      Gracias, Berta, por tu aportación :-).

      Responder
  3. Harry 11/11/2019

    Delicioso artículo Isa!

    Responder
    • Isabel Cañelles 14/11/2019

      Muchas gracias, Harry, eres un amor 🙂

      Responder

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