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Los finales sorpresa

Los finales sorprendentes en un relato
A mí me ponen bastante nerviosa las narraciones con final sorpresa, en que la historia parece ser solo un pretexto para desenvainar desenlace. Este queda convertido, así, en una traca final de cohetes que resta profundidad al tema en favor de la brillantez fugacísima del truco ingenioso.

Me estoy acordando del relato La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges, en que al final te enteras de que aquel pobre ser del que te han estado hablando todo el rato, encerrado en esa casa indescifrable, más solo que la una y medio loco por falta de cariño, que juega consigo mismo porque nadie quiere jugar con él, no es otro que el Minotauro; y la casa, el laberinto de Tebas. Un final para mí sorpresivo y a la vez imprescindible. La diferencia con el tipo de finales de los que hablaba en el párrafo anterior es que este relato no tiene como único objetivo llevarnos a un final sorpresa, sino que se nos está hablando de un punto de vista nuevo para acercarnos al tantas veces repetido mito. Sí, sí, mucho Teseo y mucha Ariadna y mucho hilo… pero ¿nadie se ha parado a pensar en el otro implicado en la historia? Y es que la Historia la escriben los vencedores, pero en la Literatura hay hueco para todos.

la Historia la escriben los vencedores, pero en la Literatura hay hueco para todos

De modo que ese relato me lo puedo leer las veces que haga falta, e incluso sorprenderme con el final una y otra vez, y ni siquiera me importa contárselo a aquellos que no no han leído la narración, igual que no creo estar destripando la obra de Flaubert si digo que Madame Bovary al final se suicida. Porque la sorpresa (cualquier sorpresa) solo adquiere sentido si el lector está metido en la historia, completamente absorto. Se entra entonces en el mismo estado de «suspensión de la incredulidad» en que entran los niños cuando juegan a creerse sus propios juegos. Nuestra mente deja a un lado las informaciones previas que teníamos sobre la historia, y nos limitamos a vivir —o a revivir— cada uno de los pasajes. Y llega el final, y nos sorprende. Una y otra vez.

Y es que una cosa es «saber» algo, «estar informado» de algo, «tener conocimiento» de algo, y otra cosa muy distinta es vivirlo (aunque sea con la mente, que es al fin y al cabo la que crea todas nuestras vivencias). Ese es el juego serio que nos propone la literatura. La buena literatura. García Márquez, en Crónica de una muerte anunciada, juega ya a avisarnos desde el mismo título de que el protagonista muere, sin quitarle por eso a la historia un ápice de intriga (más bien se la añade). El lector aplica sistemáticamente eso de «Si no lo veo, no lo creo», de modo que hasta que no vemos entrar al protagonista en el patio de su casa con los intestinos en la mano, al final de la novela, no acabamos de creernos que muera.

Suelo proponer a mis alumnos quitar el final de un relato, y si aún así capta el interés del lector, va bien encaminado

Lo que suelo proponer a mis alumnos es que, cuando terminen un relato, hagan la prueba de quitar el final. Si aun así la narración tiene sentido y va captando en todo momento el interés del lector, vamos bien encaminados; si al prescindir del final se viene abajo todo lo demás, puede que se esté usando la sorpresa para tapar una evidente ausencia de significación.

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