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PERDER EL CONTROL

Rostro enfurecido de una persona con puño saliendo de la boca, perder el control, ira

¿Cuántas veces lo has perdido?

Las personas con tendencia controladora tenemos terror a perder el control. Dado que la ilusión de control no es más que eso, una ilusión, la pérdida de control resulta absolutamente inevitable y, visto en cierta forma, es lo que nos devuelve una y otra vez a la realidad.

La ira: sobrepasando los límites

El otro día perdí el control con mi hijo Ari, de 11 años de edad. Su padre y yo le hemos regalado un móvil, y era el primer día que lo usaba. Quería que le comprara un juego. Me dijo que lo pagaba él con su dinero, pero que tenía que abrir una cuenta a nombre mío y poner el número de mi tarjeta de crédito. Le dije que no. Él insistió, argumentando que su hermano tenía un juego en el móvil y que él tenía derecho también, y que además iba a comprarlo con su dinero. Empecé a ponerme nerviosa. Llevábamos dos días de aquí para allá entre comprar el móvil, cargarlo, etc. Ari acababa de volver del campamento después de 14 días sin verlo. ¿Y ahora me venía con esto?

Mi amiga Elisa me dijo una vez que la ira suele aflorar en relación con nuestra dificultad para poner límites. Cuando me quise dar cuenta, mis límites estaban sobrepasados con creces. Eso era demasiado. Demasiados errores concatenados que desembocaban en una situación completamente opuesta a la que yo había imaginado: fraternidad entre Elmo y Ari, cariño, abrazos, que nos contara Ari su experiencia en el campamento… Pero estábamos en la situación opuesta: un niño de 11 años enganchado a un móvil y a punto de llorar porque yo no quería meter los datos de mi tarjeta bancaria en una multinacional del videojuego donde, sin duda alguna, me sacarían los higadillos a la primera de cambio.

La identificación: hermana malvada de la empatía

Pero, por supuesto, yo sería capaz de parar el tsunami, tragarme el mar y escupirlo en forma de amor. Solo que la tensión me iba a romper las mandíbulas, y lo que mostraban mis rasgos —mi cuerpo— no era precisamente muy amoroso que digamos. Me cerré en banda para poder aguantar. Ari atacó, con lágrimas en los ojos, diciendo que lo único que quería era fastidiarle. ¿Era fastidiarle lo único que quería? Quizá sí. El enfado y la decepción me llevaron a la inseguridad y la culpa, que me llevaron a un enfado mayor. Cuando se trata de mis hijos, me duele tanto verlos sufrir que se produce una suerte de identificación, la hermana malvada de la empatía. Cuando te identificas con alguien, en realidad lo que estás haciendo es atraerlo a tu territorio del «yo», tratar de convertirlo en ti, lo que te lleva a sentir que te anulas. Y la forma de «conservarte» o «recuperarte» es irte al extremo contrario: convertir a esa persona en enemigo. De ese modo un niño de 11 años te puede destrozar o, mejor dicho, así es como usas a un niño de 11 años para reafirmarte en que eres una mierda.

Así que cuando me quise dar cuenta estaba gritando y golpeando objetos (la mesa, el sofá, yo qué sé…). No había derecho a que me hiciese eso, con los sacrificios que hacía por él, odiaba el maldito móvil, lo iba a tirar a la basura, etc., etc. Ya había perdido el control y me odiaba por haberlo hecho. Era una niña grande contra un niño pequeño. Ari se tapaba la cara con los brazos encogido en el sofá. Me fui a la cama a llorar. Era tan desgraciada, ¿cómo podía ser tan tonta? A estas alturas, con tanto trabajo sobre mí misma, y todavía estallaba así, a la primera de cambio. Y encima me hacía la víctima.

La tristeza: cirujana del corazón

Se me fue pasando poco a poco. El enfado se fue transformando en tristeza, y la tristeza me ayudó a abrir el corazón. Me fui a hablar con Ari, a preguntarle si se sentía tan mal como yo. A decirle que no se echara la culpa, no había culpas que echar. Le pedí perdón por haber gritado. Hicimos las paces una vez más. Le expliqué que acumulaba demasiado, pensando que podía con todo, y había un momento de no retorno. No sabía si a la próxima lo haría mejor, pero igual podríamos entre los dos parar antes, ojalá.

La salvajada de perder el control me pone en mi sitio, es un método burdo para una mente obcecada. Es el mar, con todo su poder, ocupando su lugar en el mundo

Quizá perder el control con mis hijos, y confesar que lo pierdo, es de las cosas que más vergüenza me da. No le encuentro justificación. Me siento culpable. Y a la vez, me devuelve una y otra vez a la realidad. Porque una y otra vez me meto en el autoengaño de que las cosas han de ser perfectas, a mi modo, como yo quiero que sean. Y yo también tengo que ser como quiero ser, es decir, perfecta. La salvajada de perder el control me pone en mi sitio, es un método burdo para una mente obcecada. Es el mar, con todo su poder, ocupando su lugar en el mundo, y no la estrecha tubería que quiero ponerle para que circule hasta un grifo que pueda abrir y cerrar a mi antojo. El mar es el mar. O surfeas, o te ahogas.

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1 comentario
  1. Elisa 28/09/2018

    Te quiero. Y no es sólo por el espejo gigante que me regalas cada vez, sino por la persona completa y adorable que eres, con límites y sin ellos…

    Responder

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