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Raymond Carver y Gordon Lish

Carver y Godon Lish, la desmitificación del escritor

Es curioso que precisamente los rasgos que caracterizan el realismo sucio de Raymond Carver sean fruto de la criba de Gordon Lish, su editor, como tan bien nos demostró en su momento Alessandro Baricco en su artículo El hombre que reescribía a Carver. Sin embargo, no creo que eso haga desmerecer en absoluto la obra. Tampoco creo que reste mérito a Carver, porque una de las mayores virtudes que puede tener un escritor es dejarse aconsejar, y cuatro ojos ven más que dos.

Saciar la curiosidad sobre quién ha escrito un libro o en qué momento de su vida lo hizo, no me va a servir para que el libro me diga más de lo que ya me ha dicho, la obra es una cosa, y el autor, es otra. 

Si yo observo un cuadro o leo un libro, y me impresiona (por lo que sea, por los colores o por las metáforas, por los personajes o los relieves, mezclado con mi estado de ánimo y mi momento vital) es posible que sienta curiosidad por saber quién lo ha pintado o escrito, en qué momento de su vida lo hizo, etc. Pero saciar esa curiosidad no me va a servir para que el cuadro o el libro me digan más cosas de lo que me habían dicho ya. Porque la obra es una cosa, y el autor otra, y saber por qué este último incluyó una escena y no otra nos puede servir para analizar el proceso creativo o para hacer una tesis sobre la historia de la pintura o de la literatura, pero no para disfrutar más del libro o del cuadro.

Me parece muy bien que la gente sienta curiosidad por la historia del arte o por las biografías de artistas famosos, pero eso nada tiene que ver con la recepción de determinado mensaje que provenga de una obra de arte. Está bien que haya personas que se dediquen a analizar el proceso que los autores usaron a la hora de crear sus obras, a dar clases de historia del arte y todo eso. Pero mezclarlo con la lectura o el deleite que sentimos al contemplar una obra de arte me parece un error.

En las creaciones influyen muchísimos factores, desde si al lado tienes una persona que te apoye, hasta si está soleado o nublado cuando te pones a escribir, desde las personas con las que charlas hasta el primer amigo que lee el borrador de tu obra, desde tu nivel económico hasta tus contactos en el mundo editorial; y también si tu editor es un excelente escritor y crítico, como en el caso de Carver… No digo que esto sea justo (pocas cosas lo son en esta sociedad mercantilista). Digo que ocurre.

Muchas cosas pueden virar la obra hacia un lado u otro. Los guionistas tienen esto más asumido, y muchas menos reticencias para trabajar en equipo, quizá porque en el mundo del cine se está jugando con ingentes cantidades de dinero. Parece darnos igual que el guión de Casablanca pasara por más de quince plumas antes de rodarse, de forma que este clásico —paradigma de la perfección cinematográfica— se puede decir que es fruto de la más pura chiripa. Y sin embargo nos llevamos las manos a la cabeza al descubrir que quizá lo carveriano debería pasar a llamarse gordoniano. O parece que acabemos de nacer al descubrir que en el mundo del libro, como en cualquier otro, prima el mercantilismo. Quizá Gordon Lish se olió que el sentimentalismo explícito del Carver original estaba ya pasado de moda, y sin embargo había mucha magia reconvertible en sus narraciones. No creo que haya que llevar a la hoguera a ninguno de los dos por eso.

En la Literatura, el culto al autor hace que podamos pasar de la mitificación al linchamiento de un momento a otro, o al linchamiento del editor, algo incluso más injusto.

Creo que, en el caso de la literatura, el culto al autor (al Carver alcohólico y lacónico con problemas monetarios y sentimentales que nos vendieron) hace que podamos pasar de la mitificación al linchamiento de un momento para otro. O al linchamiento del editor, lo que me parece casi más injusto. Considero perjudicial y compulsivo, tanto para los autores como para los lectores, tener que conocer hasta el color de los calcetines del autor, más que nada porque uno ya no puede volver a leerlo sin percibir el olor a pies en la habitación.

Así que el hecho de que Carver y su editor escribieran los cuentos a medias me parece estupendo. Un dato interesante para los estudiosos, aunque inútil para los lectores. Personalmente, me gustan más los relatos retocados que los originales. Pero aunque no fuera así, todos hemos de admitir que el proceso desde que al escritor le surge una idea hasta que el libro sale de imprenta es peliagudo y azaroso, y siempre podríamos considerar que aquella palabra que decidió tachar era mejor que la que al final salió en letras de molde.

No son estos derroteros azarosos de las creaciones los que me preocupan.

La mayor aportación del realismo sucio a la narrativa actual es la de la inhumanización o la cosificación de las personas en la sociedad actual

Me preocupa que Baricco acabase salvando a la persona de Carver —y no al escritor, que consintió en que las obras se editaran con los cambios, aunque fuese por necesidades económicas— diciendo que lo que había salido en la primera escritura era mucho más humano (al fin y al cabo, la mayor aportación del realismo sucio a la narrativa actual es la de la inhumanización o la cosificación de las personas en la sociedad actual). Me preocupa que la salvación de Carver (para salvar a alguien hay que considerar primero que está en peligro) no esté basada en razones puramente literarias, sino en ese culto a la persona individual que escribió la obra.

Me preocupa, por último, que para efectuar esta operación de mitificación, desmitificación y posterior salvamento, haya que denostar a Gordon Lish, que supo ver lo no visible a través de la prosa de Carver. Ojalá todos los editores pudieran encumbrarnos como escritores de esta manera, en lugar de rechazar una y otra vez nuestros originales que, si bien se pudrirán en un cajón, podremos —eso sí— considerar nuestros y nada más que nuestros.

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